filosofia

El riesgo feminista

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feministaHace unos días el arribafirmante escribió sobre los peligros del neomachismo. Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial.

Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad.

No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia  el propio ser humano.

Neomachistas asociados

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descarga (2)Pulula por la red un decálogo para detectar a los sujetos que se oponen al feminismo. Esta declaración de los diez mandamientos de los bienintenciados que hocican con las exigencias del feminismo radical es un hito más de la escalada de esta pseudo-religión que penetra entre nuestras instituciones, nuestra sociedad y crea un discurso excluyente. Las feministas más fanáticas revisten como “machismo” a toda una suerte de valoraciones y juicios en las que son incapaces de distinguir el grano de la paja. Y así, los llamados “neomachistas” son mezclados con otras personas que simplemente nos negamos a sumirnos a cualquier ísmo que divida el mundo de forma maníquea.

El neomachismo huele a ginebra y lee a Hemingway. Viste camisa blanca, pantalón negro impecable y zapatos brillantes lustrosos. Su visión es aparentemente agradable para poder hacer convincentes unos argumentos de per se deleznables. El neomachista es sociológicamente de clase media o clase alta. Ejerce una profesión con su mente. Por eso llora por no haber trabajado en algún oficio manual. Un oficio de hombres. El neomachista observa a la mujer como un medio para la reproducción y el cuidado del hogar. Duda de la existencia del alma o de la racionalidad de la mujer encorsetada en un torbellino de Ipads y Ipods. El neomachista valora las sociedades y religiones donde la sumisión de la mujer es más factible en comparación con el mundo occidental. No es religioso, simplemente busca una forma práctica de esclavizar al otro sexo.

Este neomachismo es sutil. Expone sus argumentos de forma inocente. Entiende que en una sociedad dominada por el feminismo más fanático sus opiniones deben ser presentadas en foros reducidos, más propios de una secta que de un amplio movimiento social. El neomachista subsiste en el victimismo. Afirma que el feminismo es una forma de opresión del padre de familia. Oprimido por su mujer, por sus hipotecas y por un sistema que lo subyuga apropiándose de su sangre. En el fondo, el neomachista tiene su conciencia enferma, su alma corrompida y su voluntad fracturada por su propia incapacidad para realizarse a sí mismo. Mientras tanto, las feministas más extremas sólo están preocupadas por descifrar el posible mensaje político de La Bella y la Bestia.

Cerdos y tirantes

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lanzaDecía Pablo Iglesias en algun reunión con sus amiguetes de la kale borroka que había que “cazar fachas”. Los sicarios de Alsasua, el chungo de Bódalo y la defensa del pobrecito Alfon es la llamada de los guiños de líderes como Colau, Carmena y muchos otros a esa extrema izquierda que cruza finamente las barreras no ya del Estado de Derecho, sino del respeto a la dignidad humana. Y es que, desde su punto de vista existe una extrema ideología (izquierda) que es más digna que otra extrema ideología (ultra-derecha). Fíjense, los perros callejeros haciendo suya la superioridad moral y el saberse seguros de tener en sus manos la receta definitiva al orden público (o anárquico).

La última estratagema de nuestra indisciplinada izquierda ha sido justificar que el asesinato del legionario por el señor Rodrigo Lanza ha sido en defensa propia. Se puede plantear que en defensa propia, Lanza tuvo el tiempo suficiente para tomar una barra de hierro para abrirle la cabeza a Víctor Laínez y ya de paso fumarse un cigarro mientras le pateaba la cabeza. Esta última agresión confirmada tras la autopsia de la víctima. Lanza que ya tiene un currículum envidiable tras haber dejado tetrapléjico a un Guardia Urbano. Y que para hacer más honor a su linaje, es descendiente de los golpistas chilenos que acabaron con la socialdemocracia de Allende. Ahora bien, serán los tribunales quienes deban tomar cartas en este asunto.

Sea como sea, los guiños de la izquierda de Iglesias y Colau a los extremismos antisistemas de los que ellos mismos provienen y a los nacionalismos periféricos no es gratuita. Tiene un precio. Lo ha tenido y lo va a tener en tanto en cuanto la arena sobre la independencia catalana sigue siendo aún un campo de batalla entre la derecha españolista y la izquierda periférica. Esa izquierda que todavía grita al unísono de “Dios, patria, rey y fueros” en las masías geronesas. Esa izquierda que ni es izquierda ni es derecha y es toda tradición, conservadurismo e inamovilidad y que pretende legitimarse como (contra)revolucionaria.

Atentados anónimos

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La mezquita de Bir al Abed ha padecido los crímenes del islamismo radical. Más de un centenar y medio de muertos ha sido el resultado de este episodio. Como otros tantos, las personas afectadas por este cruel suceso saldrán en algún lugar de nuestras principales cabeceras o entre un espacio y otro del informativo durante medio minuto. Ni mucho menos cabe pensar que habrá una etiqueta en Facebook para aplicarla a tu imagen de perfil para solidarizarte con estos egipcios. De haber ocurrido en el mundo civilizado, otro gallo cantaría.

Después están aquellos que se preguntan por qué los musulmanes han atentado contra una mezquita. Pues mire, es sencillo. Y es que en el mundo islámico todos dicen tener razón y cada uno tiene su propia interpretación del Corán y los otros tantos textos sagrados. En este caso, se ha tratado de un ataque contra la corriente chií aquella que está más cerca de los humildes y no tanto de los poderosos. A diferencia de las guerras entre católicos y protestantes, la guerra religiosa aún azota al mundo islámico.

Y no faltará, algún ingenio multiculturalista que defenderá el respeto a las tradiciones y la aceptación de otras culturas. Con exhibiciones como éstas, se debe preguntar uno cómo es posible que le pidamos a los fanáticos religiosos que no hagan en nuestra casa lo que no dejan de hacer en la suya. Disfruten del Black Friday.

Una ponencia advierte sobre los riesgos del ciberactivismo

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Francisco Collado y Fátima Recuero presentan una comunicación con el título “Del ciberactivismo al ciberpesimismo: el aislamiento ideológico como estrategia cohesionadora en en la red” en el II Congreso Internacional de Movimientos Sociales y TIC celebrado esta semana en la Universidad de Sevilla. Esta paper indaga en los distintos problemas que ofrece el ciberactivismo tales como el ciberbullying, la existencia de cosmovisiones megalíticas en la red y la ausencia de un debate democrático auténtico. Pese al optimismo inicial de los ciberactivistas, no ha existido una preocupación por denunciar estos fallos, basándose en un falso determinismo tecnológico que considera que cuanto mayor sea el desarrollo tecnológico mayores serán las posibilidades de liberación de los individuos a través de las nuevas tecnologías.

La alta academia es independentista

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El apoyo de relevantes intelectuales a la causa independentista ha sido una de las cuestiones que han salido a la palestra. Desde hace tiempo, personalidades como Noam Chomsky y Vicenc Navarro se han sumado a la causa. No es de extrañar que un anarquista como Chomsky crea que el Estado apalea a los catalanes, les prohíbe hablar en su lengua y les roba dinero para dárselo a los maleantes andaluces. Es muy fácil opinar, pero muy difícil comprender cuando se quiere estar en todas partes. Pese a ello, se le puede dar una tregua al reputado filólogo para que exprese lo que considere oportuno.

Lo que si merece una especial atención es la presencia de distintos académicos, entre ellos médicos, politólogos y sociólogos, de origen catalán y que trabajan en prestigiosas universidades estadounidenses. Harvard, Princeton y otros centros acogen a estos científicos de origen español (y catalán) que actúan como opinadores ante la opinión pública de su país con el relato de la España tirana. Estos mismos se agrupan en el Colectivo Wilson con el objetivo de servir como lobby externo y con capacidad para influir desde sus posiciones en el público norteamericano.

Weber aconsejaba que los académicos evitasen hacer política con sus convicciones. O dicho de otra forma que con la ideología académica apoyasen causas propias de la esfera del poder. Aunque la doctrina weberiana es bellísima en su redacción, eso no ha impedido que estos intelectuales se posicionen del lado secesionista. Ahora bien, se puede recordar una cuestión y es que si este amplio grupo de profesores catalanes reside en Estados Unidos no es precisamente porque España no hubiera invertido en investigación y desarrollo en Cataluña.