esclavitud

Neomachistas asociados

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descarga (2)Pulula por la red un decálogo para detectar a los sujetos que se oponen al feminismo. Esta declaración de los diez mandamientos de los bienintenciados que hocican con las exigencias del feminismo radical es un hito más de la escalada de esta pseudo-religión que penetra entre nuestras instituciones, nuestra sociedad y crea un discurso excluyente. Las feministas más fanáticas revisten como “machismo” a toda una suerte de valoraciones y juicios en las que son incapaces de distinguir el grano de la paja. Y así, los llamados “neomachistas” son mezclados con otras personas que simplemente nos negamos a sumirnos a cualquier ísmo que divida el mundo de forma maníquea.

El neomachismo huele a ginebra y lee a Hemingway. Viste camisa blanca, pantalón negro impecable y zapatos brillantes lustrosos. Su visión es aparentemente agradable para poder hacer convincentes unos argumentos de per se deleznables. El neomachista es sociológicamente de clase media o clase alta. Ejerce una profesión con su mente. Por eso llora por no haber trabajado en algún oficio manual. Un oficio de hombres. El neomachista observa a la mujer como un medio para la reproducción y el cuidado del hogar. Duda de la existencia del alma o de la racionalidad de la mujer encorsetada en un torbellino de Ipads y Ipods. El neomachista valora las sociedades y religiones donde la sumisión de la mujer es más factible en comparación con el mundo occidental. No es religioso, simplemente busca una forma práctica de esclavizar al otro sexo.

Este neomachismo es sutil. Expone sus argumentos de forma inocente. Entiende que en una sociedad dominada por el feminismo más fanático sus opiniones deben ser presentadas en foros reducidos, más propios de una secta que de un amplio movimiento social. El neomachista subsiste en el victimismo. Afirma que el feminismo es una forma de opresión del padre de familia. Oprimido por su mujer, por sus hipotecas y por un sistema que lo subyuga apropiándose de su sangre. En el fondo, el neomachista tiene su conciencia enferma, su alma corrompida y su voluntad fracturada por su propia incapacidad para realizarse a sí mismo. Mientras tanto, las feministas más extremas sólo están preocupadas por descifrar el posible mensaje político de La Bella y la Bestia.

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La “hipocresía” de Aguirre

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gallardon-aguirre-esferaHace unos días, el Banco de España, encabezado por Luis María Linde, ha propuesto copiar esa práctica de los “mini-jobs”. O dicho de otra forma, plantear la posibilidad de contratar por debajo del salario mínimo como una apuesta por salir del paro. Lo que no implica necesariamente salir de la crisis, que es una crisis de deuda y de déficit público dicho sea de paso. Desde el mismo Ministerio de Trabajo, PSOE, UGT y CC.OO. se han negado en rotundo a apoyar esta locura macroeconómica.

Y es que, ciertamente es una esquizofrenia macroeconómica, porque esta técnica sólo permite ajustar las cifras de población activa, empleados y desempleados. Un maquillaje a los números para decir mira que bien lo hacemos que ya hay más gente trabajando. Un trabajo debiera de ser un trabajo y no esclavitud. Así es como se entiende el trabajo en el contexto del Estado de Bienestar. Sin embargo, Aguirre señala que detrás de este concepto lo que se encuentra es una bondad hipócrita, puesto que al impedir esta pseudo-esclavitud se está impidiendo trabajar a las personas.

El PP de la Comunidad de Madrid en general, y Esperanza en particular, sólo tienen interés en quedar como buenos gestores. Lo demás de derechos laborales es una mentira, una farsa. Aguirre aspira a que la gente trabaje como se hacía en el Antiguo Egipto. Grandes obras faraónicas a precio de esclavo. Baste con observar como el gobierno autonómico que ella misma presidió está estudiando que desempleados trabajen sin sueldo y sin cotización para los ayuntamientos.

Esta hipocresía neoliberal es una hipocresía de números, de ajustar balances y cuentas, de robar más a unos sin que roben tanto a otros. Aguirre, ideóloga del neoliberalismo y del hombre hecho a sí mismo que de la nada lo consigue todo. Un mito del que no puede dar cuenta la ex Presidenta de la comunidad madrileña, quien lo obtuvo todo de la mano de Gallardón y como no, de Bankia, sin mover un dedo.

Los mitos de la Constitución de 1812

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La efeméride de la Pepa está en alza. Es un valor del mercado político que parece recordarnos a todos que hace dos siglos, los españoles se pusieron de acuerdo en algo, que como siempre, volvieron a chafar los Borbones. Esa gran familia de gestores que pocas veces han dado en el clavo. Volviendo ese gran texto constitucional, es recordado estos días por haber reconocido libertades y derechos a los españoles.

La carta de 1812 tiene muchas luces, especialmente para los andaluces que parece vendernos como los padres del liberalismo español. No obstante, hay que dilucidar los claros y oscuros de una carta con más sombras que radiantes brillos de ilusión. Pues para empezar la Pepa negaba la libertad de culto y obligaba a todo español a profesar la religión católica, a la que consideraba como esencial en el Estado español. Y es que, los ilustrados afirmaban que el destierro del dogma y el librepensamiento eran las bases para el progreso social.

Asimismo, la Constitución daba estatuto de ciudadanía a los españoles, pero no a los esclavos. De forma que, podían existir personas sin derechos para trabajar las tierras y los labriegos de las Indias Occidentales. También, mantenía intacta a la Inquisición para la realización de los juicios contra herejes y disidentes del catolicismo. Y finalmente, reconocía la irresponsabilidad política del monarca, que el pobrecito, para continuar con la tradición, era el más tonto del pueblo.

Y ésta es la Constitución, por la que Riego y muchos otros lucharon. Una carta que concedía unos nimios derechos, manteniendo el resto del edificio sin cambiar y dando una mayor legitimidad al sistema. Por lo que, si para algo sirvió el texto gaditano fue para dar nombre a la idea de España como nación y proclamar su unidad frente al invasor. Por lo demás, harían falta unos ciento veinte años más para hablar de una constitución democrática que pudiera estar a la altura de los países europeos.