Egipto

Atentados anónimos

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La mezquita de Bir al Abed ha padecido los crímenes del islamismo radical. Más de un centenar y medio de muertos ha sido el resultado de este episodio. Como otros tantos, las personas afectadas por este cruel suceso saldrán en algún lugar de nuestras principales cabeceras o entre un espacio y otro del informativo durante medio minuto. Ni mucho menos cabe pensar que habrá una etiqueta en Facebook para aplicarla a tu imagen de perfil para solidarizarte con estos egipcios. De haber ocurrido en el mundo civilizado, otro gallo cantaría.

Después están aquellos que se preguntan por qué los musulmanes han atentado contra una mezquita. Pues mire, es sencillo. Y es que en el mundo islámico todos dicen tener razón y cada uno tiene su propia interpretación del Corán y los otros tantos textos sagrados. En este caso, se ha tratado de un ataque contra la corriente chií aquella que está más cerca de los humildes y no tanto de los poderosos. A diferencia de las guerras entre católicos y protestantes, la guerra religiosa aún azota al mundo islámico.

Y no faltará, algún ingenio multiculturalista que defenderá el respeto a las tradiciones y la aceptación de otras culturas. Con exhibiciones como éstas, se debe preguntar uno cómo es posible que le pidamos a los fanáticos religiosos que no hagan en nuestra casa lo que no dejan de hacer en la suya. Disfruten del Black Friday.

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La revolución por el cambio

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El arribafirmante ha estado unos días pensando en el titular de esta humilde columna. Las oleadas de opositores a los regímenes autoritarios árabes continúan en Marruecos, Libia y Bahrein. El ejemplo de Túnez y de Egipto, aún sin conocer el resultado final, está siendo aprovechado como una coyuntura oportuna para la transformación política y social. Cualesquiera sean los perseguidos por la satrapía sunita marroquí o por el dictador Gadafi, coinciden en la necesidad de cambiar su sistema político. Entonces, surge la duda de quiénes son los responsables detrás de la cortina de humo.

Está la hipótesis de los servicios de inteligencia occidentales y las empresas multinacionales en una cruzada por preparar el caldo de cultivo para sacar tajo. Por un lado, esta apuesta es arriesgada pues es innecesario democratizar un país para explotar desde fuera sus recursos. Por otro lado, Marruecos es un país que históricamente ha mantenido buenas relaciones con Estados Unidos. De hecho, fue el primero en reconocer la independencia de la Confederación.

El temor hacia una movilización islámica y la instauración de teocracias es otra posibilidad en juego. No obstante, muchas de las demandas que se realizan a través de estas movilizaciones son en defensa de la libertad. Podemos citar el Movimiento del 20 de Febrero y de los opositores en Libia. El problema es que los amigos de Marruecos son distintos que los de Gadafi, así como sus enemigos, ni los de la monarquía de Bahrein.

El nivel de vida de Bahrein es muy superior al de Marruecos y Libia, pero no existe libertad efectiva. Libia es un régimen autoritario, pero las necesidades básicas de la población están atendidas. Y Marruecos ni es libre, ni mucho menos tiene atendidos a sus ciudadanos. La cuestión final es que las sociedades de estos países saben que son esclavos y que carecen de libertad auténtica reconocida en un acuerdo constitucional. Todas coinciden en su identidad árabe y que la libertad, lejos de ser una creación doctrinal del liberalismo, es un bien necesario para todo ser humano. La transformación de estas revoluciones está en la creación de libertad, siempre que ningún oportunista lo convierta en un regreso a la tiranía.