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Respuesta sistémica a Gadafi

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El régimen de Gadafi asiste a sus últimos días de existencia. En la agonía, del líder libio por mantener a raya a sus opositores, especialmente en el área de Bengasi, se ha prometido un alto el fuego. Una respuesta que ante su no llegada, ha llevado a que todas las potencias integradas en el Consejo de Seguridad, en base a la resolución 1973 de Naciones Unidas, se decrete el ataque a objetivos militares del sátrapa. Una decisión que ha sido avalada por el liderazgo de Francia y al que se han sumado todos los países desde la ONU hasta la Liga Árabe, exceptuando la tímida duda de Merkel.

Ríos de tinta caerán estas jornadas. Unos en contra de la intervención militar y desde la izquierda, arguyendo que es otra estratagema colonialista para asentar un régimen pro-occidental en Libia. Otros en clave étnica y árabe, defendiendo la independencia de este Estado para resolver sus contubernios internos. Y no faltarán, los que comparen esta actuación con la Guerra del Golfo o la Guerra de Irak. Sea cual fuese, la razón que se otorgue no hay duda que se está cometiendo un atentado contra los derechos humanos y la demanda democrática de una sociedad hastiada que pretende sumarse al cambio que Egipto, Túnez y otras dictaduras árabes cuya sociedad arde en la opresión.

La intervención militar por parte de España es una de las actuaciones que merecen una calificación positiva por parte de su política exterior. Atrás quedaron las visitas de Gadafi a Madrid y Sevilla, o las noches de alcohol y drogas de su ilustrado hijo en Marbella. Aunque, la incoherencia asista a la llamada Alianza de Civilizaciones, hay una cuestión indudable. Y es que, los regímenes opuestos a la democracia están condenados más tarde o más temprano, a caer bajo el empuje de potencias que aunque sean partidarias del sistema, son menos opresoras que sus enemigos.

Tantas críticas que puedan despertar las democracias liberales de Norteamérica y Europa son ante todo signos de un desarrollo político. Un avance en el que la sociedad civil está de acuerdo en avanzar hacia mayores cotas de participación. Pero no por ello, los movimientos que agitan estas demandas pueden posicionarse en contra del sistema que los acoge, antes de ello, deben ser conscientes y consecuentes con regímenes más opresivos en los que el desarrollo democrático aún no termina de avistarse en el horizonte.

La revolución por el cambio

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El arribafirmante ha estado unos días pensando en el titular de esta humilde columna. Las oleadas de opositores a los regímenes autoritarios árabes continúan en Marruecos, Libia y Bahrein. El ejemplo de Túnez y de Egipto, aún sin conocer el resultado final, está siendo aprovechado como una coyuntura oportuna para la transformación política y social. Cualesquiera sean los perseguidos por la satrapía sunita marroquí o por el dictador Gadafi, coinciden en la necesidad de cambiar su sistema político. Entonces, surge la duda de quiénes son los responsables detrás de la cortina de humo.

Está la hipótesis de los servicios de inteligencia occidentales y las empresas multinacionales en una cruzada por preparar el caldo de cultivo para sacar tajo. Por un lado, esta apuesta es arriesgada pues es innecesario democratizar un país para explotar desde fuera sus recursos. Por otro lado, Marruecos es un país que históricamente ha mantenido buenas relaciones con Estados Unidos. De hecho, fue el primero en reconocer la independencia de la Confederación.

El temor hacia una movilización islámica y la instauración de teocracias es otra posibilidad en juego. No obstante, muchas de las demandas que se realizan a través de estas movilizaciones son en defensa de la libertad. Podemos citar el Movimiento del 20 de Febrero y de los opositores en Libia. El problema es que los amigos de Marruecos son distintos que los de Gadafi, así como sus enemigos, ni los de la monarquía de Bahrein.

El nivel de vida de Bahrein es muy superior al de Marruecos y Libia, pero no existe libertad efectiva. Libia es un régimen autoritario, pero las necesidades básicas de la población están atendidas. Y Marruecos ni es libre, ni mucho menos tiene atendidos a sus ciudadanos. La cuestión final es que las sociedades de estos países saben que son esclavos y que carecen de libertad auténtica reconocida en un acuerdo constitucional. Todas coinciden en su identidad árabe y que la libertad, lejos de ser una creación doctrinal del liberalismo, es un bien necesario para todo ser humano. La transformación de estas revoluciones está en la creación de libertad, siempre que ningún oportunista lo convierta en un regreso a la tiranía.