tercera edad

El riesgo feminista

Posted on Actualizado enn


feministaHace unos días el arribafirmante escribió sobre los peligros del neomachismo. Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial.

Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad.

No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia  el propio ser humano.

Anuncios

Cincuentones peleones

Posted on Actualizado enn


Las chupas de cuero y la esencia a Varón Dandy eran el uniforme de guerra de los macarras en los ochenta. El personaje de Makinavaja “made in La Rambla” partiendo la pana es un capítulo de nuestra cultura patria. Esa cultura patria popular que se respira desde el barrio de Carabanchel hasta el Polígono Sur de Sevilla. Llegado el nuevo siglo parecía que las tribus de góticos y emos tomarían el testigo de la pseudo-criminalidad urbana invocando entidades extraplanares y celebrando oscuros ritos en honor a Shub-Niggurath. Ciertamente, ninguna de estas hipótesis se ha cumplido en la práctica. De la misma forma, que nadie viaja en los coches gravitatorios de Regreso al Futuro.

Realmente, el nuevo cincuentón -soltero o divorciado- con infulas de macho español es el nuevo perfil del malote callejero. La alopecia prominente o el abandono de la virilidad presentan una imagen mítica de estos caballeros entrados en la senda del olvido. Ese olvido que sólo las películas de videoclub y la manta invernal pueden aportar. Aún así, esta senectud legendaria se resiste a ser desterrada a las páginas de la Historia y se rebela como cual quinceañero recién salido del instituto. Todavía, oh tú honorable cincuentón puedes liarte a ostias porque alguien te manchó la chaqueta, te miró por encima del hombro o cuestionó la propiedad que como hombre mantienes sobre tu chica (aunque sólo haga cinco minutos que la has conocido).

Esto que puede parecer una auténtica broma es la pura realidad. El arribafirmante tuvo ayer el placer de asistir a una pelea ilegal de gallos en el centro de una conocida ciudad. Desafortunadamente, los contrincantes no disponían del espacio adecuado -un ring, un coliseo romano o una simple calle con trozos de botellas rotas- para dar rienda a un duelo personal. Esta vieja costumbre decimonónica mantenida míticamente en Europa incluso después de la Segunda Guerra Mundial, vuelve a estar de moda en España entre los herederos de la movida madrileña. Cincuentagenarios y sexagenarios-dispuestos a darlo todo por mantener intacto su vaso de vermuth y a su argéntea compañera. Porque todavía les cuelgan sus dos galones heteropatriarcales.