Administración

Rec-uperad-os

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descarga (1)El supuesto éxito de Rajoy ha sido acabar con la crisis económica en España. Después de varios años de recortes, sangrías y suicidos pre-deshaucios, los conservadores presumen de haber sacado al país de la «recesión económica» de Zapatero. Las cifras de empleo aumentan y las cotizaciones a la Seguridad Social empiezan a situarse en cifras previas a la hecatombe. Como si la macroeconomía se tratase de fiel reflejo de la calidad de vida de las personas, los populares aplauden su falsa victoria. Y es que también Zapatero, al que el mismo Rajoy llegó a criticar por no bajar a la realidad de la microsociología, anunciaba el estado de la economía a partir de las calendas de cifras macroeconómicas.

 

Populares y socialistas han pretendido que creamos en el paraíso económico a partir del nivel agregado nacional de los datos financieros. Y esto es una falsedad como un tren. Básicamente porque la falacia ecológica es un error habitual cuando se observan los datos económicos desde distintos niveles geográficos. No es lo mismo el paro a nivel nacional, que los porcentajes que se manejan en las provincias de Málaga y Cádiz. Y no es realista igualar la recuperación económica con balances positivos en las cifras de producción o riqueza.

Nuestra recuperación económica ha sido posible al esfuerzo social. Y el mantenimiento de esos datos macroeconómicos es sostenible con un sacrificio laboral. De hecho, se ha demostrado que nuestra economía sigue estando a la cola de productividad en la Unión Europea. Menos seguridad laboral, contratos pobres, precariedad y la pobreza generalizada que el ascendía al 27% es el precio que la sociedad debe pagar para que España perviva entre los futuros países que aspiran al gobierno de las corporaciones. Porque en España no gobierna Rajoy, ni las instituciones, sino los intereses particulares representados a través de los representantes políticos del plano nacional que actúan como encomendadores de las fuerzas económicas transnacionales.

 

Irrepresentativa

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Si en algo coincide nuestra clase política, es que cada vez está más alejada del común de los mortales. Ni las demandas de Iglesias hace unos meses apoyando la independencia de Cataluña ni las sentencias de Celia Villalobos tienen nada que ver con las preocupaciones de la sociedad. La última aventura dialéctica de la ex alcaldesa malagueña y chica de Aznar ha sido decir que hay personas con más tiempo cobrando la pensión que trabajando, o que podría estudiarse la posibilidad de que la gente siguiese trabajando hasta los 80 años. Para rubricar esa afirmación se ha quedado en que «ella está divina de la muerte». Y es cierto que con su sueldo de diputada y jugando al Candy Crush tras su escaño no es que sude como un albañil, un carpintero o un fontanero. No es lo mismo el trabajo de cuello blanco que el de cuello azul.

La vida de Villalobos no es que sea el testigo de un gran esfuerzo vital. O bueno, disculpen, ¿acaso alguien sabe algo sobre la vida de esta mujer antes de convertirse en política? Los datos bien dispersos y en cierto modo opacos sobre cuál ha sido la profesión de esta mujer son escasos. No cabe negar que ha habido y hay un esfuerzo por ocultar la vida de alguien que no representa prácticamente a nadie. Ni siquiera a sí misma. Hija de un antiguo delegado diplomático de Argentina en España, en su currículum del Congreso reza que fue funcionaria. Y quizá sea uno de esos funcionarios con una larga excedencia como Javier Arenas, habiendo trabajado para los servicios ministeriales de lo que podríamos llamar servicios sociales. Aquella parte de los servicios sociales que se insertaron en dicha estructura gubernamental a mediados de los setenta cuando Falange dejó de ser una parte del sector público.

Abrigada al amparo de las estructuras públicas. Sin formación y sin ton ni son. Villalobos aún es política como Arenas después de tantas décadas. Y no es de extrañar, que nadie se quiera jubilar con su sueldo, ni con sus preocupaciones. Permitiéndose aún el lujo de dar ejemplos de obra y vida sin haber dado el callo como lo hacen los trabajadores manuales. Los tiempos de la Villalobos feminista y liberal han dado paso a la versión más choni de esta señora que no está actualizada a los nuevos tiempos. Aunque para dar discursos que no se ajustan a la realidad de muchos ciudadanos a los que dice representar siempre le falta tiempo.

Collado participa en las Jornadas sobre Libertad de Información, Pluralismo y Debates Electorales

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16-06-15-Facultad-1Con motivo del futuro proyecto de ley electoral autonómica andaluza y las posibilidades que ofrece para el desarrollo del derecho a la información, el Colegio de Periodistas de Andalucía y el Centro de Estudios Andaluces han organizado unas jornadas para valorar esta situación. Dentro de este foro, Francisco Collado Campaña ha aportado sus reflexiones en la Mesa Redonda «Posibilidades de desarrollo de la libertad de información y los debates electorales junto al abogado del Servicio Jurídico de RTVA, Salvador Contreras; el profesor de derecho de la información, Joaquín Urías; y el periodista Ángel Puche.

Los participantes de esta sesión han profundizado en distintos aspectos como la finalidad de los debates, las fórmulas de regulación de la comunicación política durante los períodos de campaña electoral y el estado de los consejos audiovisuales. Estas jornadas han tenido lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.

Para más información: https://periodistasandalucia.es/2017/12/05/jornadas-libertad-informacion-pluralismo-debates-electorales.

Cataluña del futuro

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Mientras Cataluña vive la campaña del 21-D, el heredero de Fortuny, el ex-president Puigdemont sigue como un exiliado en Bélgica. Los restaurantes de lujo en Bruselas y Lovaina, la ópera centroeuropea y las reuniones nacionalistas con otros convencidos de la causa junto al Estado belga que coopera misteriosa y siniestramente a favor de la causa. De nada ha servido la euro-orden de detención dictada por la judicatura española que ha sido respondida con el profundo silencio de la complicidad. Y la cual ha tenido que ser retirada. No vayan los tribunales a hacer un ridículo mayor que el que ya hace el compatriota Puchi por tierras europeas. Eso sí, tampoco han faltado los autobuses con Pujoles montados para mover banderas catalanas en el Parlamento Europeo.

La incapacidad de Europa, y más en concreto la connivencia belga, son un síntoma inequívoco del fallo institucional que tenemos por delante. La Unión Europea tiene más vocación de Liga Hanseática que de una auténtica integración política. El Brexit promovido por los conservadores ingleses y ahora esta chanza de nacionalismo catalán que dice sufrir una verdadera represión. Una represión franquista por la cual la Generalitat reclama una indemnización al Estado español. Como si el resto de España no hubiese sufrido los desmanes de la dictadura. Esto demuestra que los órganos comunitarios no sirven absolutamente para nada a la hora de respetar la mínima soberanía que queda a los países miembros. Y que el compromiso democrático se diluye entre las tramas de la diplomacia belga.

Y no ha faltado Mas a la fiesta para pugnar por el liderazgo. Los nacionalistas del interior contra la Generalitat en el exilio. Nos cueste más o menos, estos se está viviendo en el presente. Más de medio siglo después de la Guerra Civil y de tantos episodios que han desangrado a nuestro país. Sin embargo, no faltará el estallido de violencia. El viejo fantasma asesino de los nacionalismos periféricos que vira desde País Vasco hasta Catalauña, donde ya se han registrado el incendio provocado en un hogar por usar la bandera constitucional, las pintadas en los mítines del PSC y las amenazas a los miembros del PP y de C’s. Éste es nuestro presente, de aquí derivará el futuro de un conflicto que hará de Barcelona, una urbe decadente.

Nueva Barcelona

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Nueva Barcelona avanza hacia el futuro, mientras otras ciudades siguen como están. Esta ciudad no consiguió ser capital europea de la cultura en 2016, pero la llaman «ciudad de los museos». Atesora un Museo y la Casa Natal de Picasso, una sede del Museo Ruso de San Petersburgo, una sede del George Pompidou, un Centro de Arte Contemporáneo, el Museo del Vidrio y el Museo de Bellas Artes y Arqueología de su provincia. Esto viene completado con una oferta de restauración y vida nocturna concentrada en su centro histórico que la convierte en una urbe vibrante cualquier noche de lunes a domingo.

En Nueva Barcelona nadie habla catalán. Ni los niños son educados en el revanchismo histórico. Desde voces germánicas hasta francesas, pasando por orientales se pueden encontrar en sus calles. Las empresas no han huido de su sede en el Parque Tecnológico de Andalucía, sino que crecen como capital económica de esta tierra. Nueva Barcelona dejó de ser un lugar de paso hacia la Costa del Sol para convertirse en un destino de cruceros. También por aire se puede llegar a su aeropuerto internacional. Por suerte, esta ciudad no se llama realmente «Nueva Barcelona», sigue siendo Málaga.

Málaga que durante tres décadas ha permanecido oscurecida en el mapa ha surgido como una ciudad con un nuevo dinamismo, no ya sólo económico sino también cultural. La que aparece como «città grigia» en alguna guía de viajes de Mondadori de algún italiano sin puta idea de nada, es llamada hoy la «Nueva Barcelona» por Daily Mirror. Mientras la vieja Barcelona se convierte en un campo de batalla de la balcanización, Málaga se convierte en la primera ciudad mediterránea española. Esas tres décadas de olvido han sido tres décadas de recuperación del esplendor de la urbe. Un esplendor que camina de la mano de la innovación constante.

Collado publica un artículo sobre la cultura política en Andalucía en la presente democracia

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Francisco Collado presente el artículo con el título «El carácter andaluz durante cuatro décadas de democracia» en Nómadas: Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. En 2015 se han cumplido cuarenta años de democracia representativa en España. A lo largo de este período, el desarrollo del Estado de las autonomías ha configurado un heterogéneo poliedro con distintas comunidades, identidades y formas de concebir la vida política en cada territorio. En el caso andaluz, han existido dos dinámicas en torno al imaginario de cómo son vistos y cómo se ven a sí mismos sus habitantes. Primero, una imagen negativa del andaluz promovida por algunos sectores de la opinión pública frente a otra positiva que destaca sus avances económicos, sociales y culturales. Segundo, un conflicto interno (a veces silencioso) entre las distintas identidades territoriales existentes en el interior de la comunidad. Ante esta variedad de opiniones, se presenta un análisis diacrónico de las identidades territoriales (europea, nacional, autonómica y local) y la cultura política andaluces a partir de los principales datos estadísticos del Centro de Estudios Andaluces, CIS e IESA.

Andaluces sin memoria

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El nacionalismo andaluz apenas alcanza un 5% sobre el conjunto de la población de la comunidad autónoma si se miran las estadísticas del Instituto de Estudios Sociales de Andalucía. Esto quiere decir que sólo uno de cada veinte andaluces cree que su región debería ser una nación, ya fuera federada o como un Estado propio. Si se intenta seguir el rastro de este pensamiento se observará que ni siquiera los antiguos políticos del Partido Andalucista tenían una opinión concreta en torno a este dilema. Ni siquiera en el ámbito urbano se encuentran estas voces minoritarias que proponen un mayor grado de autonomía para Andalucía. Es necesario acceder hasta los entornos rurales de mayor peso demográfico para palpar esta actitud.

El caso de Sánchez Gordillo en el ámbito político o de Isidoro Moreno en el intelectual al frente ilustran claramente a esta minoría de andaluces nacionalistas. Y este mismo perfil ideológico, ejemplifica a aquellos andaluces que deciden apoyar la independencia de Cataluña del Estado español, saltándose la legalidad constitucional y dándole la razón a los separatistas. Parece ser que ya nadie se acuerda de la lucha de Andalucía por ser una comunidad autónoma. Durante la Transición, Madrid decidió reconocer a País Vasco, Cataluña y Galicia como comunidades por ser las que habían negociado el reconocimiento de un estatuto especial durante la II República. Fue Andalucía la que alzó la voz para que no sólo Cataluña, sino los demás territorios y ella misma también fueran reconocidas como comunidades, dando lugar al actual Estado de las autonomías. Es éxito andaluz, y no del egocentrismo de los catalanes, el actual Estado autonómico.

A excepción de Tarradellas, la mayoría de la clase política catalana se negaba a que Andalucía tuviese este reconocimiento. Por eso, me sorprende no la doble moral, sino la amnesia de políticos e intelectuales nacionalistas andaluces -cuyo sentimiento el arribafirmante aprecia- que le están dando la razón a esta gente. A esta gente que no quería una Andalucía autónoma, a esta gente que predicaba su religión payesa entre los charnegos desarraigados, a esa pequeña burguesía catalana que quería nuestra mano de obra barata para mantener sus industrias, a aquellos que decían que el dialecto andaluz era una lengua de analfabetos y a aquellos que siempre han pisoteado (y pisotean) el honor de la tierra andaluza con la suela de la bota. Andalucía ha dado y da a España mucho más que la deslealtad de los separatistas catalanes.

 

Innecesario

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Ya se sabía que Mariano Rajoy se había resistido a aplicar el artículo 155 de la Constitución Española. Fue esta una de las razones por las que hace unos años, y no el aborto como la prensa manifestaba, que hicieron que Gallardón abandonase el Ministerio de Justicia. Deseoso de suspender la autonomía de Cataluña y gestionarla desde Madrid por un período indeterminado. El 155 es un apartado vago e inconcreto cuyo peso político habría dado cierto margen de maniobra para que el ejecutivo español procediera a resolver el contencioso catalán. Estado de alarma, de sitio, de excepción y otras cuantas amenazas legales se han proferido estos días desde los dirigentes populares hacia las autoridades sediciosas de la Generalitat. Si a eso se le añade el peso político de la secesión en el contexto europeo y la salida de empresas del territorio autonómico, la presión sobre Carles Puigdemont ha sido enorme. El poder blando ha sido efectivo por ahora.

Si bien, con independencia de lo que hubiese sucedido en caso de haberse producido la DUI, el castigo penal y económico sobre su equipo y él mismo parece que ha sido el detonante de la retirada. Retirada momentánea porque se habla de «suspensión». Y ahora, los dirigentes de la CUP que esperaban un pronunciamiento del nacionalismo más duro se encuentran revueltos ante el coitus interruptus que han sufrido por parte de la derecha catalana. La Cataluña rural castiza -curiosamente de izquierdas- y la otra Cataluña urbana, cosmopolita y que ha perdido poder global -lean la ciudad global de Saskia Sazen- están ahora en medio de un conflicto interno. Lo que está claro es que esto no ha acabado y que sólo es el paso a un nuevo capítulo de la tragicomedia nacionalista.

De lo que nadie se habrá dado cuenta o pocos han meditado es sobre el posible aumento de la intención de voto hacia el PP y Ciudadanos que se ha podido producir estos días. Menos tanques y más cabeza. Sin embargo, lo sugerente ha sido el baile de Podemos que de una semana a otra ha cambiado de postura en un auténtico espectáculo de travestismo político. Iglesias ha aprendido que el mantenimiento del tradicional respaldo anguitiano a los nacionalismos periféricos es muy bien recibido en los contubernios de cierta izquierda, pero la realidad y las consecuencias de un acto de tal osadía en plena secesión son otros distintos. Ahora sólo cabe desear que los populares y los socialistas no vuelvan a alimentar al drac como ya hicieron González, Aznar, Zapatero y Rajoy.

 

Prudencia

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Si algo ha estado ausente durante estas jornadas de celebración de un referéndum ilegal es la racionalidad. La celebración del plebiscito sin garantías ni seguridades jurídicas mínimas es el culmen del fanatismo del nacionalismo catalán. Esta religión antropológica impulsada por el pujolismo socio de socialistas y populares, continuada por grupos políticos sediciosos -desde Podemos hasta la CUP- y exaltada en un tiempo de crisis social e identitaria en Cataluña se ha convertido en una auténtica enfermedad para el constitucionalismo español. Una plaga que ha creado zombies tanto entre la propia opinión pública española como en las cabeceras internacionales. Porque si evitar mediante la coacción pública -monopolio que sólo posee el Estado, lean ustedes a Weber- la celebración de una consulta ilegal -podemos dudar si legítima- es un acto de violencia, eso quiere decir que se está poniendo en duda el conjunto de España como una entidad estatal.

Nadie habla de por qué Rajoy no ha procedido a la detención de las autoridades autonómicas competentes en Cataluña. Y es que, el marco en el que se ha movido el discurso independentista ha sido el de igualar nuestra democracia con una continuación del franquismo tras la introducción de la carta magna en 1978. Amparándose en un mito que ya había creado hacía años la izquierda más radical y del que después se ha amparado Podemos, vienen distintos sectores políticos a apoyar esta tesis. Lo que probablemente haya llevado a que los populares se hayan retrasado en aplicar las medidas legales oportunas temiendo que la inhabilitación del ejecutivo catalán les volvería a convertir en los franquistas de siempre ante la opinión pública. Bien habría hecho el PP en condenar el franquismo hace años para evitar este ridículo monumental.

Los sabuesos ya han sido soltados. La izquierda española amiga de cualquier nacionalismo, menos de su propio país. Bien olvidan Pablo Iglesias y sus lacayos que las naciones no son más que construcciones artificiales y contingentes de las que las sociedades se dotan para organizarse política, social y espiritualmente. Es el mercado de la identidad. Cuando el nacionalismo, cualquier nacionalismo, traspasa la dimensión espiritual del sujeto se convierte en un organicismo donde la persona se desintegra atómicamente para formar parte de un ente mayor: la nación. ¿Y es que acaso no es esta despersonalización la que también promueven los morados dentro de sus propias filas por un ente mayor: su amado líder? Este conflicto exige de prudencia. Algo que ha faltado y falta por parte de los dos bandos enfrentados, que no son los únicos que están en juego.

Dos ponencias sobre el liderazgo de Santiago Martínez y la teoría política de Max Weber en el XIII Congreso de la AECPA

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Francisco Collado Campaña y José Francisco Jiménez Díaz, del Área de Ciencias Políticas de la Universidad Pablo de Olavide, han presentando dos comunicaciones sobre el liderazgo local del primer alcalde de Almería, Santiago Martínez, y sobre la posibilidad de concebir el pensamiento de Max Weber como una teoría para la acción política en el XIII Congreso de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA). Este foro ha tenido lugar en Santiago de Compostela entre el 20 y el 22 de este mes.

La ponencia bajo el nombre «La construcción del liderazgo local en Almería durante la primera década democrática: Santiago Martínez Cabrejas (1979-1991)» estudia el liderazgo del primer alcalde de la actual democracia en el Ayuntamiento de Almería desde su victoria en 1979 hasta 1991. El enfoque del estructuralismo constructivista permite desarrollar un análisis diacrónico y secuenciado en sus etapas de socialización, legitimación e institucionalización. A través de estas etapas se observan cuatro elementos fundamentales como son: las formas de pensamiento y acción en su habitus, el marco primario en sus discursos, los capitales políticos acumulados durante su alcaldía y los campos en los que han participado. La metodología empleada está basada en entrevistas semiestructuradas a personas que conocieron de primera mano el liderazgo de Santiago Martínez. Así, puede interpretarse lo que ha supuesto el paso por la arena local de este alcalde histórico en la ciudad almeriense. Esta investigación es un estudio de caso del proyecto de tesis que desarrolla actualmente Francisco Collado, bajo la dirección de Francisco Entrena y José Francisco Jiménez

En el paper titulado «El pensamiento político de Max Weber: ¿una guía para la acción pública?«,  los autores han pretendido analizar en profundidad las relaciones entre pensamiento y acción en la teoría política de Max Weber. Éste es un teórico político fundamental para comprender las realidades políticas del mundo contemporáneo, puesto que él fue un actor y espectador privilegiado de dicho mundo. Pero también porque él propuso un concepto de la política que marcó un punto de inflexión en la tradición de pensamiento político occidental: rompió definitivamente con la concepción clásica de la política. Desde Weber, la política no es sólo el arte del buen gobierno; quien se decida a practicar este arte tendrá que lidiar con las tensiones ineludibles entre los ideales políticos y las acciones políticas reales, así como evitar confundir ambos ámbitos de la vida política. Además, su concepto de la política va más allá de la concepción realista del poder (y del Estado) que se le atribuye con frecuencia. En este sentido, para Weber la política no es sólo la lucha interesada de personas organizadas en partidos políticos por la distribución del poder estatal en la democracia representativa, sino que la política se constituye como campo intrínsecamente conflictivo del que emana la inacabable discusión de valores en el espacio público sin la posibilidad de justificar científica y racionalmente tales valores.