Partidos políticos
Cinismo popular
Hace unos años, Lakoff estaba de moda entre los expertos en campañas y en oratoria del Gobierno de Zapatero. Con la caída de los socialistas y la llegada de los populares a Moncloa se ha abierto una nueva línea retórica, consistente en sorprender a diestra y siniestra con las lógicas más absurdas y el surrealismo por bandera. Esta semana, se ha estrenado el Ministro de Interior, Fernández Díaz, para quien hay una relación entre las detenciones de los etarras y el aborto, «aunque no demasiado».
En esta nuestra enciclopedia de ejemplos oradores a no seguir tenemos a Cospedal, la señora que no hace mucho dijo que los métodos de las plataformas antideshaucios eran métodos nazis. Se le olvidó a la popular, que el régimen franquista que su partido no condenó en el Parlamento Europeo, fue un colaborador activo de Hitler y deportó a cientos de españoles a campos de concentración. También hay que poner sobre la mesa que retirar las bombonas de oxígeno de enfermos crónicos no sea quizá de nazis, pero sí de personas preocupadas por la gerontocracia. Y después, vienen a defender la vida con su nueva ley restrictiva al amparo de Gallardón. Miren, este discurso no tiene por donde cogerlo.
Entre otras tonterías varias, está el señor Wert que quiere subir las tasas universitarias mientras su hermano, docente de Historia del Arte, protesta contra las mismas. O el caso de la política de hacer aflorar el empleo irregular -colchón de muchos en esta crisis- para cuadrar las cifras de parados.
Hacer discursos para este país sórdido. Poner palabra a una feliz distopía. Los redactores del discurso oficial del PP no ganan para sustos en esta esquizofrenia danzante. Un día quieren ser ultra-católicos y otros neoliberales, otros europeístas y a ratos nacionalistas, pero ya se sabe que todo no se puede tener. Así hay ejemplos de grandes oradores como Álvarez Meana que repite un discurso en veinte videos distintos sin decir nada nuevo que no esté en un manual de gestión pública. He ahí las nuevas generaciones. Las estupideces abundan en esta pantomima de Gobierno. Ya lo dice Reverte que «si Aznar era un arrogante, Zapatero un imbécil, Rajoy es un sinvergüenza». Y así es, hemos elegido el gobierno del descrédito, el discurso de lo absurdo y de lo tiránicamente cínico.
La Transición criticada y desconocida
La crisis económica abre margen para la duda. Permite que nuestra clase política haga tambalear los mismos cimientos del sistema. Los casos de corrupción en los tres partidos del «establishment» parecen remontarse según extrañas hipótesis hasta el mismo origen de nuestra democracia. Todo ello ha llevado a que en los últimos meses aparezcan voces entre los grupos y líderes más reaccionarios que critiquen hitos históricos como la Transición y los Pactos de la Moncloa.

Desde estos sectores, vinculados generalmente a Izquierda Unida y al 15-M se afirma que las instituciones deben ser modificadas porque fallan. Porque probablemente esta conjura conspiranoica sea la fuente de los males de España. Se equivocan gravemente quienes manifiestan esta idea que no es otra cosa que un producto de mercadotecnia política dirigido al redito electoral. Es cierto que nuestra Constitución necesita una reforma. Sin embargo, a muchos jóvenes de la izquierda extrema, véase el caso de Alberto Garzón, se les llena la boca criticando a las instituciones más básicas de nuestro sistema, sin afirmar realmente que la culpa la tiene la misma clase política y la cultura democrática de la sociedad.
Dice Josep Baqués, «que tenemos los políticos que nos merecemos». Y así es, a las generaciones de políticos nacidos en democracia se les enseña a ladrar ya sea a favor del mercado o del comunismo más puro. Pese a ello, estos jóvenes no tienen ni idea del período de la Transición. Una época donde la derecha aceptó el liberalismo democrático, donde los socialistas adoptaron la ideología de la socialdemocracia alemana y donde Carrillo renunció a la aspiración máxima del comunismo. Un momento, donde todos sacrificaron algo de su identidad, donde cedieron a la otra parte e hicieron posible la convivencia. El éxito de esa convivencia se demuestra en que España pudo superar la transición política y una crisis económica.
A Garzón y otros oportunistas, les falta el conocimiento de este período. El país no necesita ninguna suerte de comunismo ecléctico, ni de capitalismo salvaje. Aburre el discurso del reparto cuando lo que estamos perdiendo es la propiedad, nuestros hogares y lo que se debilitan son las clases media y baja. Lo que este país necesita ahora no es cambiar sus instituciones, especialmente cuando no hay capacidad para el consenso. Lo que realmente hace falta es que la clase política sea capaz de llegar a un acuerdo. El problema auténtico son unos representantes que no tienen cultura política de lo que hicieron sus antecesores y donde la memoria es selectiva. Dejen de lado los ladridos pancartistas y sean capaces de entender a los otros. De hacer un nuevo pacto por el país. Ése es el auténtico ejercicio democrático.
La becarización de la política
Hace unos pocos días el profesor de Historia y ex parlamentario popular, Miguel Ángel Ruiz, publicó un interesante artículo en la revista de la Fundación Cánovas sobre las juventudes en la política. De buena pluma y buen criterio nace su opinión, pues está más que capacitado para opinar al respecto. En este texto, se desprende una conclusión bastante acertada y es que las juventudes políticas tienen todavía un deber de socializar en valores y compromiso. A pesar de que esta función socializadora esté de capa caída en la mayoría de partidos modernos o «catch-all-parties» debe mantenerse como norte y no convertir a estos grupos en instrumentos al servicio del partido.
Los partidos políticos han dejado el «trabajo sucio» en manos de los más nóveles. Lo que, como señala Ruiz, va desde aplaudir hasta poner las sillas para un evento, pasando por la agenda de turno de mitines. Y es que, ciertamente los jóvenes deben cumplir con un papel aún más importante como la regeneración de las ideas y de las mismas élites. Aunque, por distintas razones y contra lo que otros opinan, las juventudes no son siempre la puerta de entrada a los incentivos selectivos -véase cargos- de la vida política. Es aquí, donde se debe transmitir el mensaje a los jóvenes que la «profesionalización» de la política, fenómeno que se produce en España desde mediados de los ochenta cuando la arena política está asentada, es un peligro y un grave daño para la calidad de la democracia.
En la democracia, lo importante es saber ser fiel a las ideas que se defienden sin caer en el dogmatismo y atender a los distintos grupos de ciudadanos cada vez con necesidades más concretas. No se puede sustituir la fidelidad por el favoritismo ni el interés general por la satisfacción de intereses corporativistas. Esto es lo que hace que los jóvenes actualmente vean la política como una actividad innoble y en algunos casos como un trampolín desde donde saltar a una vocación que se entiende como profesión. Por eso, probablemente los jóvenes de las juventudes de los dos grandes partidos son ante todo becarios que pueden ser quitados y repuestos por otros prácticamente similares y con una identidad de cartón-piedra.
El colchón de los corruptos
La élite política en general, y la española en particular, suelen ser cómplices de una práctica llamada corporativismo. Esta fórmula de organización consiste en la toma de decisiones a puerta cerrada con un grupo de participantes definidos. De aquí, salen decisiones en los sectores estratégicos y energéticos que después simplemente serán tramitados en comisiones parlamentarias sin ninguna capacidad de modificar lo que se ha decidido en un lugar fuera de la cámara nacional. Véase las subidas en los precios de las eléctricas, la expansión de una empresa nacional o lo referente a un monopolio público.
Cuando los ministros y parlamentarios españoles se retiran de la representación política vuelven al agujero del que salieron sus normas y decretos. Así fue, como muchos entre los que podemos citar Zaplana o el reciente Rato acaban como directivos en grandes empresas como Telefónica. La razón que lleva a que las compañías efectúen estos fichajes estrella es doble. Por un lado, la devolución del favor a un político que influyó decisivamente para que las decisiones de la empresa fuesen protegidas y garantizadas mediante leyes emanadas del poder legislativo y ejecutivo. Por otro lado, el mantener un valor efectivo que incluye una imagen pública, una red de contactos y un gran poder de influencia frente a las instituciones en las que el mismo fichaje ya estuvo o conoció anteriormente.
Es una vergüenza lo de Rato. Ese hecho es indudable, después del escándalo de Bankia. Lo que es más preocupante es que esta práctica se siga produciendo a día de hoy. Rato es sólo una gota en un océano, donde las grandes corporaciones tienden a implantar prácticas corporativistas en la toma de decisiones políticas y a absorber a los antes representantes del pueblo para sus intereses particulares que no son los del interés general. Y como se puede observar, ni los mismos partidos políticos tienen capacidad para responder ante estas situaciones que son fruto de la decisión de una empresa y la particular del sujeto en cuestión fichado por la multinacional. Los mismos detentadores y productores del Derecho consienten la misma violación de la norma como normalidad institucional.
Las falsas interpretaciones de las elecciones vasca y gallega
En los próximos días, vendrán los expertos e iluminados de los distintos partidos a valorar los resultados de Galicia y del País Vasco. Entre las hipótesis que se barajan hay dos que son especialmente erróneas y preocupantes. Por un lado, la afirmación de que la victoria popular gallega es una aceptación positiva de los recortes de Rajoy. Por otro lado, la creencia de que la pérdida de votos socialistas en detrimento de populares y nacionalistas es un rechazo de la oposición de Rubalcaba.
En términos politológicos, es factible afirmar que los anteriores factores han jugado un papel en el desenlace de la campaña. Sin embargo, hay aspectos que tampoco se deben olvidar. En Galicia, se encuentra uno de los principales feudos populares y tradicionalmente ha sido una comunidad de derechas y a la antigua usanza. Es ilustrativo, el estudio de Guillermo Márquez sobre los políticos franquistas que después de la transición repiten como concejales democráticos en los municipios gallegos. O dicho de otra forma, la continuidad de los viejos notables de provincia en esta región.
En segundo lugar, la cuestión vasca debe ser analizada desde dos causas. La primera el rechazo al bipartidismo presente en España actualmente por la mala gestión de Rajoy y el desencanto socialista a Rubalcaba. Y la segunda, el auge de los nacionalistas propiciado por la iniciativa de Mas de invertir políticamente por la independencia de Cataluña, junto a la subida de la izquierda abertzale. He aquí, donde sí hay que pensar y reflexionar sobre la deriva de estas comunidades, una feudo popular y la otra convertida en una suerte de sistema multipartidista en su cámara autonómica.
Lecciones maquiavélicas para independentistas catalanes
La lógica de la política pura y dura se basa en tres elementos: el poder, la virtud y la fortuna. Así tanto, el poder es la capacidad para que un actor consiga imponer sus pretensiones frente a sus adversarios y la virtud corresponde con el estilo y el método que emplea a la hora de ejecutar sus decisiones. Sin embargo, siempre se encuentra la fortuna que engloba a todos aquellos aspectos que el príncipe no puede controlar, tales como los eventos, los sucesos, acciones de otros actores y el devenir histórico. Por ello, es fundamental sobre todo hacer frente a esta esquiva dama que puede acabar por destrozar la mejor decisión del mejor estratega.
A veces, en raras ocasiones, la fortuna puede acompañar o propiciar la adecuada consecución de un objetivo. Por ejemplo, la retirada de la monarquía que permitió la creación de la II República, o en otro caso, la caída del inclemente invierno ruso que salvó al zar de las tropas napoleónicas. Eso mismo, ha pensado Artur Mas con la idea de aprovechar la crisis económica para promover un ladrido de independencia catalana. Sin embargo, los nacionalistas catalanes tienen la misma inteligencia que un mosquito, con respeto a los mosquitos.
La lista de fallos del separatista catalán se puede enunciar a través de la lógica maquiavélica. En primer lugar, la “virtus” del gobernante debe transmitir la imagen de coherencia, aunque en la práctica fuere distinto. Lo que no puede hacerse es promover una independencia auténtica y a la vez seguir pidiendo dinero a Madrid para paliar el déficit del derroche catalán. En segundo lugar, los nacionalistas catalanes son una minoría frente al resto de partidos que se han posicionado en contra de la separación, encontrándose entre ellos PP, PSOE, IU y UPyD. En tercer lugar, con el actual Gobierno que disfrutamos, cualquier intento separatista podría ser aprovechado para una intervención militar de forma no muy lejana a la que vivió Fortuny, acabando de tajo con cualquier otra demanda de independencia o autonomía.
Esta visión de la política que bebe del maquiavelismo y del republicanismo mediterráneo bien debiera ser conocida por este pueblo a las orillas del citado mar. Y es que, si este argumento no es válido para los catalanes, no hay nada mejor que recordar que cualquier Estado que pudiera nacer de esta Cataluña sería un engendro deforme. Un país con una estructura territorial no definida, porque los araneses querrían autonomía, los tarraconenses querrían diferenciarse de los barceloneses y así. Además, se disminuirían los servicios públicos de una forma considerable, probablemente avanzando hacia un modelo mínimo de sanidad similar al de Estados Unidos. Pues ya se sabe que, si los ideólogos catalanes prefieren algo es el dinero a la salud de sus ciudadanos.
En definitiva, desde estas líneas invitamos a los catalanes a que pronuncien su nueva Siracusa. A crear un sistema autoritario donde desarrollen teorías sobre la genética catalana, la república por la gracia divina o una suerte de política que no atienda al ciudadano, institución mediterránea; sino a ti o gran señor Dinero al que todos se rinden. Y como todos somos muy prudentes, ahora llega Griñán y dirá que debemos montar un Estado federal, una suerte de chiringuito donde unos serían más que otros. Lo cual es razonable, porque en un partido donde no hay unidad sino cuchillos afilados y cabezas rodantes, no hay nada mejor que pasar esos términos al ámbito de la cooperación interterritorial.
Televisión Española 2.0
Una vez asentado el Gobierno de turno, y pasado los 100 días de reserva que todo ejecutivo merece, se ha procedido a la actualización adecuada del software. Limpiada la vieja guardia zapateriana de los informativos y la programación de Televisión Española se ha abierto un período de reflexión. Profunda meditación que ha llevado a contratar a dos estrellas, no del periodismo, quizá de las amistades personales del buró popular como Carmen Lomana y Edurne Uriarte, mujer del Ministro Wert.
Los nuevos reclutas tienen mucho que aportar. Lomana, y algunos dirán que los peperos las prefieren rubias, será la encargada de un programa de cultura. Palabra hermética sobre la cual no sabemos si se esconden toros y flamenco o las últimas tendencias de la moda de los famosos más casposos. En esta nuestra televisión patria todo cabe, si fue posible un Urdaci reconvertido en monologuista, también es probable que Carmen Lomana se convierta en una letrada e ilustre intelectual de los madriles.
Siguiendo, para mayor calidad democrática, no hay nada mejor que la amante de un ministro que se dedica a valorar la gestión de su compañero. Ese requisito que enunciaba Dahl de unos medios plurales capaces de controlar a la clase política, ese “perro guardián” del clásico periodístico, ha sido pisoteado. Más bien travestido en una suerte de perro yorkshire lameculos que igual hace de compañera de cama que de poetisa a la épica política.
Y ahora, ¿dónde está la autorregulación de la televisión española? Es el momento en el que falta un consejo de sabios. Un auténtico comité que sepa poner las cosas en su sitio y atar los cabos sueltos que tanto gustan desatar a los sabuesos rabiosos del PP que han entrado en el ejecutivo para hacer de las suyas le pese a quién le pese. Ya sea el periodismo o el Estado del Bienestar todos son adecuados para ir pasando poco a poco el silencioso cuchillo de la guardia pretoniana.
- ← Anterior
- 1
- …
- 15
- 16
- 17
- …
- 21
- Siguiente →


