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Macron

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macron.jpgFrancia ha experimentado recientemente un cambio en su sistema de partidos similar a España. Las fuerzas tradicionales barridas de la escena política y tan sólo dos opciones se han disputado el liderazgo presidencial en su segunda ronda, el Frente Nacional de Le Pen y En Marcha de Macron. A diferencia del sistema español, es difícil predecir aún si estos dos partidos se perpetuarán como un nuevo bipartidismo entre centro y derecha. Mientras que la izquierda, tanto socialistas como comunistas han sido relegados a otros puestos menos importantes de la escena política.

Emmanuel Macron, definido como un liberal de centro o “centrismo extremo” (palabro que los expertos en Teoría Política aún deben definir) es el nuevo cabeza del ejecutivo. Lo que ha hecho que Albert Rivera ya hubiera echado algunas palmas durante la campaña presidencial y posteriormente. Entre sus principales líneas directrices está acabar con el paro -en torno a un 10%- y que afecta especialmente a los jóvenes y retomar el papel de Francia en la Unión Europea. La que, como todos sabemos, no corre en sus mejores horas gracias a Merkel, el Brexit y la brecha económica entre los países miembros.

No es que Macron vaya a hacer que Europa sea más democrática o más unida. Sí al menos viene a poner un segundo eje tras años de ausencia del frente franco-alemán que tradicionalmente había liderado la política comunitaria. De esta forma, la respuesta a la negativa de Trump de cumplir los acuerdos de París sobre el cambio climático y las advertencias a la política exterior de Rusia sean el inicio de una nueva era en la política de la Unión. Aunque, como ya sabemos, en Europa somos muy dados a ejercitar la lengua mientras todo estalla a nuestro alrededor. El tiempo dirá.

No es ciudad para jóvenes malagueños

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malaga-no-ciudad-jovenes.jpgEl drama de Antonio Banderas, la figura más internacional de la ciudad mediterránea, con la retirada de Seguí y su proyecto teatral en el antiguo Astoria es portada esta semana. La polémica está a la orden del día y partidarios y detractores se van posicionando a ambos lados, con los más escépticos en una esquina, llegando a convocarse una manifestación y no sé cuántas recogidas de firmas por Internet. Y no ha faltado que el grupo municipal de Ciudadanos en el consistorio hispalense haya llamado al actor para preguntarle si quiere poner su escuela teatral en Sevilla.

La cuestión que hay de fondo es algo de lo que ya el arribafirmante se ha referido en distintas ocasiones. En Málaga sólo valoramos a los malagueños cuando han triunfado, cuando han participado como protagonistas en películas taquilleras hollywoodienses o cuando sus obras de arte son las más cotizadas. En ese momento, aparecen tipos que dicen conocerlos, que si uno había sido su profesor, que si otro había sido su peluquero o si conocía a su madre. Pero antes, no tenían tantos conocidos. Seamos francos. ¿Qué malagueño le echó una mano a aquel Antonio Banderas hace más de tres décadas cuando partió con una maleta a Madrid y un par de billetes de pesetas? De aquella época nadie se acuerda. Pero pasado el tiempo y subida la fama a la cabeza, sin darse cuenta, Antonio Banderas ha incurrido en un extraño victimismo que por honradez a su experiencia vital no debiera haber cursado.

En Málaga. A fecha del presente como otrora en el pasado. Los jóvenes malagueños que prometen o están iniciando una carrera en el ámbito intelectual, académico o artístico son exportados a Madrides y otros sitios o cuanto menos colocados en una esquina de la ciudad para que puedan creerse que son alguien. Apartados para relajación de senectudes. Entre esos jóvenes, entre los que me incluyo, cuando logramos alcanzar un hito profesional y presentarlo ante nuestra ciudad, el portero de turno nos dice que determinado espacio es sólo para grandes personalidades o que mejor te vayas a con tus amigos a charlar de tus tonterías a un bar.

Todos los malagueños que en cierta medida han sobresalido o intentan sobresalir ya sea local, regional o nacionalmente han pasado por ese trámite de menosprecio paternofilial. Lo que no es normal es que se vuelva a repetir el mismo proceso una generación que lo ha sufrido tras otra que lo padece. Después vienen los golpes al pecho y el catetismo ilustrado. Lo malagueño que somos, los gritos en La Rosaleda y todo eso. El problema no es Málaga, somos nosotros, en nuestras diversas facetas. Y habrá Madrides, Sevillas, Londres, Parises y Berlines donde sea que vayamos a trabajar, a prometer y a promocionarnos, estando orgullosos de nuestra ciudad y de lo que representa. Siempre llevaremos en el corazón nuestra ciudad y quiénes somos -los jóvenes- por donde hemos crecido. Pero esos imbéciles, esos imbéciles del cortijo, en Málaga siempre permanecerán.

La becarización de la política

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forges_becarios3Hace unos pocos días el profesor de Historia y ex parlamentario popular, Miguel Ángel Ruiz, publicó un interesante artículo en la revista de la Fundación Cánovas sobre las juventudes en la política. De buena pluma y buen criterio nace su opinión, pues está más que capacitado para opinar al respecto. En este texto, se desprende una conclusión bastante acertada y es que las juventudes políticas tienen todavía un deber de socializar en valores y compromiso. A pesar de que esta función socializadora esté de capa caída en la mayoría de partidos modernos o “catch-all-parties” debe mantenerse como norte y no convertir a estos grupos en instrumentos al servicio del partido.

Los partidos políticos han dejado el “trabajo sucio” en manos de los más nóveles. Lo que, como señala Ruiz, va desde aplaudir hasta poner las sillas para un evento, pasando por la agenda de turno de mitines. Y es que, ciertamente los jóvenes deben cumplir con un papel aún más importante como la regeneración de las ideas y de las mismas élites. Aunque, por distintas razones y contra lo que otros opinan, las juventudes no son siempre la puerta de entrada a los incentivos selectivos -véase cargos- de la vida política. Es aquí, donde se debe transmitir el mensaje a los jóvenes que la “profesionalización” de la política, fenómeno que se produce en España desde mediados de los ochenta cuando la arena política está asentada, es un peligro y un grave daño para la calidad de la democracia.

En la democracia, lo importante es saber ser fiel a las ideas que se defienden sin caer en el dogmatismo y atender a los distintos grupos de ciudadanos cada vez con necesidades más concretas. No se puede sustituir la fidelidad por el favoritismo ni el interés general por la satisfacción de intereses corporativistas. Esto es lo que hace que los jóvenes actualmente vean la política como una actividad innoble y en algunos casos como un trampolín desde donde saltar a una vocación que se entiende como profesión. Por eso, probablemente los jóvenes de las juventudes de los dos grandes partidos son ante todo becarios que pueden ser quitados y repuestos por otros prácticamente similares y con una identidad de cartón-piedra.