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La herencia recibida

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herenciaMariano Rajoy ha hecho del lema “la herencia recibida” una especie de cheque en blanco. Un cheque en blanco para recortar en servicios sociales, en dependencia, en educación y en otras tantas partidas. Las culpas eran de los socialistas que son unos “pésimos gestores”, aumentando el gasto público con sus recetas keynesianas. Ninguno de los populares sabían el estado de cuentas que se iban a encontrar en 2011 tras la pavorosa huída de Rodríguez Zapatero. Una alabanza a la ignorancia financiera. Sin embargo, la ignorancia más alabada aún estaba y está por llegar. Nadie parecer ser que sabía lo que se venía encima con la herencia de Aznar.

La retirada de Aznar en 2004 no fue sólo un ejercicio de limpieza democrática. También podría haberse catalogado como un ejercicio de limpieza moral, teniendo en cuenta que más de un tercio de sus ministros estaban y estarían mancillados por imputaciones y sentencias firmes por escándalos de corrupción. A los Álvarez Cascos, Zaplana y otros tantos se une estos días Rodrigo Rato. Y no es cualquiera, porque en aquellos años, Rato era el que tenía más papeletas para suceder a José María. Sin embargo, cuestiones del destino hicieron que Rajoy fuese el continuador del liderazgo entre los populares.

Así, Aznar dejaba toda una cohorte de gestores y tecnócratas entre los que había una buena banda de cuatreros. Estos señores que se han quejado de la herencia socialista, veremos ahora qué dicen de la herencia popular. Los tribunales y las fuerzas de seguridad están atando cabos ante un partido político que cada día pierde más confianza. Estos hechos son los que, especialmente, ya sea por su sobredimensionamiento o su gravedad están produciendo el ascenso de nuevas fuerzas políticas. Y serán estos nuevos partidos los que sojuzguen la “vieja política” o la “casta” por sus actos. Otra cosa es saber qué es viejo o nuevo, qué es casta o qué no.

Dimisión en banda

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El poder judicial ha demostrado la manifiesta culpabilidad de una gran parte de la cúpula popular en el affaire Bárcenas. Entre ellos, se estudia la posibilidad de que declaren el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; Cospedal y Rodrigo Rato. Lo que quiere decir que algo se sabía por parte de estas personas de lo que se cocía y se repartía en sobres en los despachos de Génova 13.

El todopoderoso ejecutivo, que responde a preguntas a través de un funicular o de un televisor de plasma, está asustado. Su omnipotencia, telón de un monolito que no se termina de erigir está planeando una estrategia de comunicación política. Y se preguntan, ¿qué les vamos a decir? Encima cuando tienen que darle una buena explicación a la sociedad española y a la opinión pública internacional para quiénes España ha caído en el más absoluto descrédito.

La cuestión de fondo es cómo Rajoy contará sus disculpas. Se descarta el Congreso, pues sería bastante duro tener que hablar sobre esto en una cámara que se supone representa a la ciudadanía. El uso del televisor, mientras le graban escondido en un búnker en Moncloa, es una solución cutre. Quizá no haya forma de decirle a la gente que le gobierna un grupo de corruptos en el contexto actual. Sólo cabe dimisión, al menos, por un poco de coherencia democrática.

El colchón de los corruptos

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imagesLa élite política en general, y la española en particular, suelen ser cómplices de una práctica llamada corporativismo. Esta fórmula de organización consiste en la toma de decisiones a puerta cerrada con un grupo de participantes definidos. De aquí, salen decisiones en los sectores estratégicos y energéticos que después simplemente serán tramitados en comisiones parlamentarias sin ninguna capacidad de modificar lo que se ha decidido en un lugar fuera de la cámara nacional. Véase las subidas en los precios de las eléctricas, la expansión de una empresa nacional o lo referente a un monopolio público.

Cuando los ministros y parlamentarios españoles se retiran de la representación política vuelven al agujero del que salieron sus normas y decretos. Así fue, como muchos entre los que podemos citar Zaplana o el reciente Rato acaban como directivos en grandes empresas como Telefónica. La razón que lleva a que las compañías efectúen estos fichajes estrella es doble. Por un lado, la devolución del favor a un político que influyó decisivamente para que las decisiones de la empresa fuesen protegidas y garantizadas mediante leyes emanadas del poder legislativo y ejecutivo. Por otro lado, el mantener un valor efectivo que incluye una imagen pública, una red de contactos y un gran poder de influencia frente a las instituciones en las que el mismo fichaje ya estuvo o conoció anteriormente.

Es una vergüenza lo de Rato. Ese hecho es indudable, después del escándalo de Bankia. Lo que es más preocupante es que esta práctica se siga produciendo a día de hoy. Rato es sólo una gota en un océano, donde las grandes corporaciones tienden a implantar prácticas corporativistas en la toma de decisiones políticas y a absorber a los antes representantes del pueblo para sus intereses particulares que no son los del interés general. Y como se puede observar, ni los mismos partidos políticos tienen capacidad para responder ante estas situaciones que son fruto de la decisión de una empresa y la particular del sujeto en cuestión fichado por la multinacional. Los mismos detentadores y productores del Derecho consienten la misma violación de la norma como normalidad institucional.

El cuento de Bankia

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Los “pro-hombres” se han convertids en ranas. A la inversa de los cuentos para infantes. Los ex ministros populares, Rato y Acebes; el antiguo presidente de la Confederación de Empresarios y el archifamoso MAFO convertido en testigo. Ellos junto a otra miríada de consejeros del PSOE e IU son los protagonistas de la tragedia de la antigua Caja Madrid. Un drama que nada tiene para ellos, actores de la chanza financiera, pero que mucho afecta a los engañados por este fraude. Entre imputados y disgustados anda la cosa.

Se cuenta que los miembros del consejo de Administración de Bankia iban a veces y otras se quedaban a medio camino. Lo que incluía sus dietas tanto si se perdían como si llegaban. Y así, el cuento del nunca acabar porque parece imposible que terminasen una reunión con alguna conclusión en claro o en consenso entre todos ante la ausencia del quórum.

La cuestión en nuestro país no es la clase política en esta desfachatez bancaria. El problema real está en determinados políticos que una vez finalizado el trayecto pasan a la empresa privada o a la banca. Y así, cambian la profesión de político por la de tecnócrata, o mejor dicho de lobbista, puesto que una vez en el mercado, los contactos con las altas esferas y la capacidad de influencia se convierten en una mejor carta de presentación que el currículum vitae.

Por lo tanto, si pretendemos seguir en una economía de mercado, para volver a evitar viejos errores sería recomendable adoptar algunas medidas. Limitar no sólo la pensión de los políticos, sino también su ejercicio profesional posterior a la labor representativa. Algunos dirán que se atenta contra la libertad de un sujeto, pero su competencia monopolística en el ámbito de la influencia bien atenta contra la igualdad de otras personas que también tienen derechos y pudieran estar mucho mejor capacitadas.