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El cuento de Bankia

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Los “pro-hombres” se han convertids en ranas. A la inversa de los cuentos para infantes. Los ex ministros populares, Rato y Acebes; el antiguo presidente de la Confederación de Empresarios y el archifamoso MAFO convertido en testigo. Ellos junto a otra miríada de consejeros del PSOE e IU son los protagonistas de la tragedia de la antigua Caja Madrid. Un drama que nada tiene para ellos, actores de la chanza financiera, pero que mucho afecta a los engañados por este fraude. Entre imputados y disgustados anda la cosa.

Se cuenta que los miembros del consejo de Administración de Bankia iban a veces y otras se quedaban a medio camino. Lo que incluía sus dietas tanto si se perdían como si llegaban. Y así, el cuento del nunca acabar porque parece imposible que terminasen una reunión con alguna conclusión en claro o en consenso entre todos ante la ausencia del quórum.

La cuestión en nuestro país no es la clase política en esta desfachatez bancaria. El problema real está en determinados políticos que una vez finalizado el trayecto pasan a la empresa privada o a la banca. Y así, cambian la profesión de político por la de tecnócrata, o mejor dicho de lobbista, puesto que una vez en el mercado, los contactos con las altas esferas y la capacidad de influencia se convierten en una mejor carta de presentación que el currículum vitae.

Por lo tanto, si pretendemos seguir en una economía de mercado, para volver a evitar viejos errores sería recomendable adoptar algunas medidas. Limitar no sólo la pensión de los políticos, sino también su ejercicio profesional posterior a la labor representativa. Algunos dirán que se atenta contra la libertad de un sujeto, pero su competencia monopolística en el ámbito de la influencia bien atenta contra la igualdad de otras personas que también tienen derechos y pudieran estar mucho mejor capacitadas.

Corrupción política y renovación en el gobierno local

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Las cabeceras se llenan estos días de candidatos políticos imputados en cualquier suerte de procedimiento judicial. Malversación de fondos, tráfico de influencias, falsificación documental, desvaríos urbanísticos y una larga lista se unen a las medallas de la clase política. Unos dicen que son menos corruptos que otros, pero un análisis a grandes rasgos nos lleva a que la podredumbre está presente en el mismo porcentaje en  todos los partidos políticos con representantes en las corporaciones locales.

La coherencia y las manos limpias deberían ser la meta de los políticos. No obstante, el poder termina por corromper a los que se someten por mucho tiempo a su contacto. Así, indica Sartori que aquellos grupos políticos que se perpetúan por más de dos mandatos en el poder, se adentran en los riesgos de la corrupción y el divorcio entre ayuntamiento y sociedad. Por eso, es fundamental la búsqueda de alternativas a la aparición de estos riesgos.

Podemos pensar que la sociedad es culpable de elegir siempre a los mismos corruptos. Pues, son los votantes quienes mantienen a un partido político por más de dos mandatos en un consistorio. Pese a ello, ésta es una regla de la democracia y ya sea un acierto o fracaso moral, es la ciudadanía quien ha elegido al político. Por ello, la solución a los riesgos que entraña la presencia dominante de un partido pasa por la renovación, es decir, la actualización del equipo que mantiene en un gobierno local. De forma que, la corrupción suele estar más presente en aquellos lugares donde no se ha producido una renovación de las élites.

El problema radica cuando también hay que actualizar al líder. De hecho, es un precio elevado el que se paga al cambiar la cara de un alcalde que ya han asumido sus conciudadanos. Por eso, un cambio de este tipo implica la diferencia entre la pérdida de apoyo electoral y su mantenimiento, o entre, su próxima victoria o derrota electoral. Esto nos lleva a que la política local más que partidista, es personal y de grupos, de equipos de personas y capacidad de sinergia.