Elecciones
Gran coalición
Las negociaciones de Pedro Sánchez han quedado anuladas tras la pinza de Ciudadanos y de Podemos. O con uno o sin ninguno, según arguyen Rivera e Iglesias. Lo que ha seguido después es los gustos por las coaliciones, siendo mayoritaria la coalición Ciudadanos y socialistas para los votantes de ambos partidos y de socialistas y podemitas para estos últimos. Ni la clase política es capaz de ponerse de acuerdo, ni tampoco la sociedad civil tiene muy claro con qué amigos quieren que sus representantes vayan a formar gobierno. Hasta hace uno meses, nuestro electorado rezaba un mantra sobre el milagro, la proporcionalidad política y el fin de la crisis y llegados a la hora de la verdad, todo vuelve a la dinámica cainita y crispante del español medio.
Aunque, ya se ha dicho. Nuestra nueva clase política tiene menos capacidad de diálogo que la que estuvo al frente durante la Transición. Ahora que se habla de una “segunda transición” y de la necesidad de un gobierno de concentración entre las distintas fuerzas parlamentarias. Sea como fuere, este fin de semana ha salido a la luz un pueblo castellano, Santa Cruz de Mudela, donde populares y socialistas se han alternado en el gobierno municipal durante un mandato. Y cuidado, porque el argumento de “PPSOE” no sirve para este caso, en el que los alcaldes de ambas fuerzas se han visto acosados continuamente por sus respectivas ejecutivas.
La cuestión es que necesitamos una gran coalición. Un gran pacto. Quizás surge la pregunta de si cambiando algunas cabezas, se podría hacer más factible el acuerdo. A fin de cuentas, las negociaciones entre grandes partidos políticos no dejan de ser en gran medida, el resultado del trabajo de personas individuales que son los líderes políticos y que a través de sus compromisos interpersonales consiguen compromisos nacionales. Sin lugar a dudas, Podemos y PP representan dos partidos necesitados de una rápida renovación de sus líderes.
Desc(g)astados
La dificultad para la formación de un gobierno está inmersa entre bambalinas. Los distintos postulantes, entre ellos Mariano Rajoy y Pedro Sánchez han hecho sus apuestas para formar gobierno. Entre las posibles fórmulas que se han dado cabe mencionar la gran coalición PP, PSOE y Ciudadanos y la coalición de izquierdas de PSOE, Podemos e IU. Esta última combinación un auténtico espectáculo de fuegos artificiales de Pablo Iglesias sin haber consultado previamente con el líder socialista. Las intrigas son justas, justificadas y hasta necesarias para producir un ejecutivo con suficiente estabilidad para producir los cambios, sean en una dirección u otra, correspondientes con las expectativas de la ciudadanía. Cosa distinta son las fanfarrias que son directamente proporcionales el desgaste de los petimetres ante la opinión pública.
Mientras algunos desean hablar de carteras y otros esperan a que ocurra un milagro mariano, otros líderes en un segundo plano han mejorado su valoración ante el electorado según una reciente encuesta de Metroscopia. Rajoy, Sánchez e Iglesias engrosan la lista de los “fiambres políticos” que han experimentado una caída de su valoración. A la par, Albert Rivera, Eduardo Madina, Soraya Sáenz de Santamaría y Susana Díaz han mejorado su valoración ante los votantes. Por lo que la “nueva política” no tiene porque venir necesariamente a través de los nuevos partidos, sino de nuevos líderes. A la luz de estos resultados, los tradicionales catch-all-parties españoles requieren de una sustitución necesaria de sus líderes, especialmente entre los conservadores.
El caso de Pablo Iglesias servirá en años postreros para ilustrar los manuales de Ciencia Política. La casta se ha atragantado en su boca. Ha dejado de hablar de esa élite extractiva para convertirse en parte de ella. Ya no interesan las reformas tanto como los sillones a ocupar. Como en La Granja de Orwell, los cerdos se sentaban en la mesa para negociar con el granjero opresor hasta tal punto que no se distinguía a los revolucionarios de los explotadores. Ha pasado de la casta de los descastados a la casta para ser candidato al descas(r)te entre los líderes políticos del establishment. En síntesis, Iglesias puede que en breve pase a ser incinerado políticamente junto a sus dos compañeros de peripecias: Mariano y Pedro. Tiempo al tiempo.
Impotencia
La impotencia es un mal que disminuye el apetito sexual tanto en hombre como en mujeres. Sus causas pueden ser diversas, desde el tipo de alimentación hasta el estrés, pasando por alguna enfermedad. Lo que impide en muchos casos llegar a un clímax en la realización del coito. No es el deseo del arribafirmante suplantar las funciones de un sexólogo, sino ejemplificar análogamente lo que está sucediendo en el Congreso de los Diputados. En donde, los grupos políticos que lo componen han mostrado, en su inmensa mayoría, la incapacidad de formar una gran coalición capaz de sacar a España del atolladero en el que se encuentra.
Los síntomas de este mal se deben entre otras causas al catetismo ilustrado y los incentivos egoístas. Nuestros parlamentarios desde la estampa turística de Bescansa hasta las declaraciones inoportunas de Villalobos son una muestra de esa preocupación castiza por temas que son eminentemente baladíes en un momento en el que deberían quedar como cuestiones tabernarias. Tampoco la fórmula de juramento en la que han prometido sus cargos los diputados de Podemos y sus franquiciados representan un estímulo para recuperar la credibilidad en nuestra “vieja” clase política. Mientras tanto, todo ha quedado en un enredo sobre quién apoya a quién y a quién no apoyará a la par que se baraja la posibilidad de unas segundas elecciones que producirán, a excepción de la caída de Ciudadanos, unos resultados similares.
La cuestión es que a los españoles en su conjunto no les interesa el sectarismo. El elector en su conjunto ha expresado una fragmentación parlamentaria, similar a la italiana. El problema es que no tenemos políticos italianos, sino nuestra estirpe de catetos ilustrados donde las señas tienen más importancia que las razones de Estado y el bienestar de la ciudadanía. No se debe olvidar que la ciudadanía no está necesitada precisamente de símbolos ni de patizambos, sino de respuestas a tres cuestiones fundamentales: la solución del paro, el mantenimiento del sistema de pensiones y la unidad del Estado español.
Excusas para reformas
Hace unos días, el ex eurodiputado de Podemos, Carlos Jiménez Villarejo, enviaba una carta a Pablo Iglesias. Dicha misiva recogía una única petición: reformas. Las necesitadas reformas que el Estado español requiere para mejorar el bienestar de sus ciudadanos y recuperar los derechos civiles perdidos durante el Gobierno de Mariano Rajoy. El jurista solicitaba al líder de la formación morada que dejase a un lado las demandas de los nacionalistas a favor de comenzar el inicio del cambio político a través del acuerdo con las demás fuerzas parlamentarias. Como bien señalaba Villarejo, no era ni hora ni lugar para preocuparse por la independencia de ningún terruño ibérico.
Lo cierto es que el condicionante de Podemos, de colaborar en la aplicación de las reformas -en la mayoría de las cuales el PSOE e IU están de acuerdo y en otras que podría sumarse con Ciudadanos- venía supeditada a la celebración de plebiscitos autonómicos. Especialmente ahora que está candente el tema de Cataluña. O lo estaba, ya que el nombramiento de Puigdemont, ha acabado con el inusitado protagonismo que En Comú Podem aspiraba a tener en el proceso independentista. Ahora, la música del te reformo toda la casa, si separamos una de las habitaciones suena a requiem por una excusa. Y es que, el servicio de reformas profesional de Junts Pel Sí ha dejado a un lado a los manitas de turno.
Bien cabe observar si Iglesias presentará una nueva excusa barata, o si por el contrario, cederá finalmente a negociar con Sánchez. A la par, Rivera ha hecho gala estos días no tanto de su capacidad de acuerdo como de ser el lacayo de Rajoy como si de un apéndice popular se tratara. Todo ello, aludiendo al sacrosanto pilar de la “estabilidad”. Con Iglesias y Riveras poca estabilidad se va a alcanzar visto lo visto. Excusas. Sería recomendable que se volviera a proponer sobre la mesa aquella idea que planteó Errejón de nombrar un tecnocráta que permitiera reconducir la situación durante esta legislatura.
El affaire catalán como barrera reformista
Las disputas entre Pedro Sánchez y Susana Díaz por el liderazgo socialista y los bailecitos de Mariano al son de guateque son la imagen de la actualidad política de estas fiestas navideñas. Mientras tanto, se ha seguido debatiendo sobre unas futuribles segundas elecciones. En sí, teniendo en cuenta el gasto superior a 160 millones de euros que conllevarían y los efectos perjuiciosos para los distintos partidos políticos con la excepción de los populares que mantendrían una intención de voto similar a la del 20-D. Sin embargo, nadie ha tenido en cuenta la especial coyuntura de oportunidad política que se presenta ante Podemos que ha recabado unos resultados positivos más allá de las expectativas que dibujaron las encuestas.
El problema de Podemos en cambio es la territorialización de sus ramas y sus aliados políticos. Las mareas gallegas han reivindicado su intención de ir coaligados bajo las propuestas de Pablo Iglesias, pero han hecho hincapié en la independencia de su voluntad política y su deseo de crear un grupo parlamentario propio. Algo similar, pero más acusado sucede con Ada Colau y el proyecto liderado En Comú. Desde este sector de los renovadores de izquierda catalanista se ha aclarado a Podemos que no existe un pacto con Iglesias y que cualquier acuerdo estaría suscrito a la aceptación de una consulta soberanista. Todo ello mientras la trifulca política de la CUP y los intentos de salida de Mas han prolongado la hipotética independencia durante más de tres meses y sigue el gobierno en funciones de la comunidad autónoma. Y ello lleva a que todos los deseos de reformas en el plano social, educativo y energético que proponen los podemitas y su apoyo por parte del PSOE queden suscritos una vez más, como sucedió en su época a Súarez, a las reivindicaciones nacionalistas catalanas.
No nos engañemos. La bandera del independentismo catalán de Colau representa no una simple pugna con Madrid, sino un pulso con las otras formaciones políticas catalanas de izquierda como ERC y la CUP por determinar quién es la verdadera cara del proyecto en esta coyuntura de oportunidad. Mientras la alcaldesa de Barcelona intenta ensombrecer a sus adversarios en la arena política de la independencia catalana, suena un teléfono de fondo con la voz de Varoufakis. Una llamada que otorga reconocimiento internacional a Colau y denostación a Iglesias que hace dos años contaba con el respaldo de Syriza. En strictu sensu, Iglesias es sólo un enemigo dramatizado y Mas un zombi necesario frente a sus verdaderos adversarios como lo son Oriol Junqueras y Antonio Baños. Este último erradicado de la arena política tras su dimisión esta semana.
En este sentido, el catalanismo mantiene dos similitudes con sus características durante la II República y la transición a la democracia. En primer lugar, es un rasgo de ostentación para aquellos líderes que pretenden alzarse con suficiente poder y reconocimiento en el territorio catalán. Una reliquia necesaria. En segundo lugar, por sus dinámicas cainitas -tendentes a dificultar la alianza entre todos los que apoyan el independentismo- dificulta la cohesión del proyecto e impide la realización de políticas reformistas necesarias en el contexto del Estado español. Los catalanes como buenos españoles son tan cainitas como aquellos ante los que se proclaman distintos y diferentes. Lo que a la luz de una Europa cohesionada bajo una unión estas tendencias centrífugas quedan sojuzgadas como un auténtico disparate.
Elecciones históricas
Esta semana representa la última etapa de la carrera de fondo de la campaña electoral. La misma comenzó con el PP como partido aventajado, pero que ha ido perdiendo distancia con aquellos que competían por el segundo puesto, principalmente PSOE y Ciudadanos. Mientras a lo lejos y ahora a corta distancia, se sitúa Podemos con una posición bastante mejorada. Y es que, Pablo Iglesias ha demostrado que su liderazgo se proyecta positivamente en la cercanía y no tanto en distancias mayores. Al respecto, la formación de Albert Rivera ha experimentado una caída de intención de voto y en las filas socialistas se ha observado un cuestionamiento de la figura de Pedro Sánchez.
Durante estos días se han sucedido distintos debates, a cuatro, a seis bandas y a dos. Esta semana se celebra el debate clíma entre los dos grandes hasta el momento. El único al que asistirá Mariano Rajoy frente al líder de la oposición. Al respecto, se barajan dos hipótesis sobre su ausencia en los anteriores más allá del miedo escénico que domina al actual Presidente. Por un lado, la aparición de Soraya Sáenz en los otros debates y en los carteles electorales sugiere la posibilidad de que exista un relevo en el liderazgo popular, asumiendo además su papel de “heraldo” de Rajoy. Por otro lado, se encuentra la negativa de Arriola de plantar cara a las formaciones emergentes. Y es que, este asesor politico, al que ya se le ha pasado el arroz, se niega a observar antes de su jubilación como los “frikis” de la política introducen una segunda generación en la agónica clase política española.
De hecho, ya no hay sólo “frikis” entre Podemos, sino que este concepto arriolista puede ser traspasado a Sánchez, Rivera y Garazón debido a su perfil socio-económico y su edad. De esta forma, los populares son los que se resisten a ese cambio generacional. Ciertamente, las generaciones nacidas en democracia son las que tienen mucho que decir en estas elecciones generales, en las que se le ha vetado el voto a miles de españoles en el extranjero, aduciendo dificultades burocráticas. Será por esto y por la corrupción, no ya tanto por la cuestionable recuperación económica, por lo que el Partido Popular tendrá que responder en la próxima legislatura, sea cual sea el resultado.
Lo que no cabe duda es que estas elecciones abren una nueva etapa politica tanto de cambio en el sistema de partidos como de constitución de las élites políticas. Ahora bien, una cosa es jugar al Juego de Tronos y otra es gobernar, ya que es ahí donde todos y cada uno de los partidos se la juegan después del 20-D. Es por eso, que estas elecciones son el inicio de una nueva época en España y es aquí donde todos estamos llamados a votar, sea cual sea la decisión, para hacer Historia.
Debates, excluidos y ballenas hipsters
El y los debates electorales que han tenido lugar a cuatro bandas representan unos de los encuentros históricos en la democracia. Se sabe que la participación de los candidatos en dichos debates no afecta especialmente a la decisión de voto, a excepción de los indecisos. Al ser el momento actual uno de los de mayor incertidumbre y de cambio que se produce prácticamente desde la entrada de los populares en el Gobierno en 1996, es cuando dichas intervenciones pueden capturar más votos indecisos. Si bien, espero que haya mucha gente interesada en votarle a Saenz de Santamaría. Aunque esta cuestión bien merece un comentario en profundidad en otra columna.
Lo cierto es que el arribafirmante no vio el debate de ayer. Se conocen adecuadamente las propuestas, se saben las posibles coaliciones y alianzas que se pueden fraguar y se desgrana claramente el espacio ideológico de cada uno de los partidos. Si bien, es recomendable estudiar los programas políticos de las fuerzas emergentes de Iglesias y Rivera debido a que estos programas tienen vocación de ejecución. Es decir, se ha demostrado que ambos candidatos tienen capacidad para decir lo qué harán y para rectificar sobre lo dicho. Algo que no se observa en la inquebrantable e indudable voluntad de los populares. Y ciertamente, hay que temer a aquellos que nunca ponen sus acciones en entredicho, quienes excluyen la crítica.
También se deduce de lo anterior que el arribafirmante haya decidido su voto entre los cuatro debatientes. Si bien, no estaban todos los actuantes políticos pues alguien se había olvidado a un economista malagueño y a otros reputados candidatos que se presentan a estas elecciones. Ni son todos, ni se estaba al completo. Por lo que, la escenificación de estos debates son la aceptación del nuevo establishment político que nos depara la próxima legislatura, en el que unos existen y otros son personajes ficticios. Más allá de todo eso está claro que no hay problema en ser hipster y votarle a Rajoy, otra cosa es que el votante sea una ballena canaria.
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