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Bruselas, torre de marfil

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La Unión Europea representa hoy día uno de los tiranos que azuza a los países como España, Portugal y Grecia a mantener sus bolsas saneadas. No hablemos ya del déficit que es una condición de acceso para cualquier candidato a miembro. Otrora unas décadas, Europa era el símbolo que repartía fondos para equilibrar las zonas más atrasadas que se situaban en el sur del Mediterráneo y que a día de hoy tienen su destino en las jóvenes democracias del Este.

A lo largo de estos años, distintas investigaciones y líderes de opinión han criticado la lejanía de las instituciones europeas en relación a los países que se integran en ella. En otras ocasiones, se ha igualado esta distancia como una carencia democrática de la organización. Y es que, ciertamente la élite política y el funcionariado comunitarios residentes en Bruselas padecen de un mal similar que parece traducirse en su gestión administrativa.

Hace pocos días, el arribafirmante tuvo el placer de observar “in situ” esta situación en las calles bruselenses. Mientras la mayoría de la población se sitúa en el centro y los alrededores de lo que vino a ser la antigua muralla frente al invasor francés, los trabajadores de las instituciones comunitarias viven ajenos a la ciudad en el “quartier europeen”. Esta zona, situada al este de la urbe capitolina, acoge las principales instituciones de la Comisión, el Consejo de Ministros y el Parlamento, sirviendo sus alrededores de alojamiento para sus miembros.

Asimismo, se produce una falta de incomunicación entre los funcionarios europeos y el resto de ciudadanos belgas. Por decirlo de alguna forma, es la extraña convivencia de dos grupos aislados en una misma ciudad, de los autóctonos y de la élite comunitaria. Un grupo que parece encerrarse en su propia torre de marfil y que ya sin tener una comunicación con sus países de origen –franceses, alemanes, españoles, griegos, checos y un largo etcétera- tampoco lo mantienen con el entorno diario que les ha tocado vivir.

Esta situación nos lleva a poner en duda aún más el carácter democrático de Bruselas en tanto capital europea y en reafirmar su tendencia tecnocrática. Así, la metáfora de la torre de marfil explica perfectamente la posición desde la que parlamentarios y funcionarios europeos administran la “res pública” comunitaria. Lo que lleva hacia el interés por el comportamiento y la actitud de sus miembros, como si de la misma ciudad ejerciera un siniestro silencio sobre esta élite nacida al amparo del euro.

En Taifas todo sigue igual

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El desplante de las comunidades rebeldes ante el Gobierno Central parece que no ha sentado adecuadamente en Madrid. Y es que, el Ejecutivo ruega a chasquido de látigo a las regiones que recorten su gasto para contener la subida del déficit. Así, entra en juego la elección entre servicio público y mercenariado europeo. En otras palabras, si la prioridad está en mantener la satisfacción de los derechos sociales o en servir al Leviatán bicéfalo de Bruelas.

En este sentido, lo interesante de esta polémica reside en observar el modelo de estado autonómico que hemos tenido hasta el momento. Sucesivos manuales y compendios teóricos definen al Estado autonómico como una especie de híbrido entre el Estado unitario y el Estado federal. Un paso más allá de un Estado descentralizado que decide crear entidades con cierta capacidad normativa en sus respectivos territorios. El panorama que dibuja es bastante idílico, una Arcadia de las relaciones interterritoriales. No obstante, la cuestión no está estrictamente en este bonito diseño institucional.

El problema sobre el funcionamiento de las Comunidades se encuentra en la actitud de la élite política y la partitocracia, es decir, las comunidades autónomas son simples arenas de competición política. Así, las relaciones que se tejen entre unas y otras serán de oposición o colaboración si coinciden con el color político que ostenta sus ejecutivos y el que se sitúa en la Administración Central. Por tanto, el recurso que va a presentar la Junta de Andalucía antes que una cuestión de reglas institucionales es de instrumentos en poder de su élite gobernante.

Por tanto, podemos concluir que una regla se mantiene constante en nuestro Estado autonómico que es el funcionamiento a modo de reinos de Taifas. A lo que hay que unir, la insolidaridad de otras comunidades como Cataluña y el servilismo de las gobernadas por los populares. Como dijimos, el problema está en la cultura política, ya que el concepto de “solidaridad interterritorial” dibuja bonitas esperanzas, pero en la práctica sólo sirve para contarle cuentos a los profanos de las leyes y la política.

La tecnocracia de Rajoy

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El Ejecutivo ya ha cumplido su misión final y esperemos que así sea para deslegitimar sus votos. Subida del Impuesto del Valor Añadido y modificación de la progresividad del IRPF. Con ello, Rajoy termina de demostrar la sintomatología de su esquizofrenia tiránica que ni representa a los españoles, ni a Europa, sino que nos convierte en un títere de la tecnocracia europea. España no es más que una provincia cual antigua Spania bizantina o Hispania Romana de la banca autocrática de Alemania.

La auténtica derecha, la derecha dura y conservadora, pide sacrificios a los borregos para mantener el status quo de la clase política y bancaria. Ella, auténtica enfermedad terminal de España y de su sociedad, si la situación no cambia por el azar o por el esfuerzo del pueblo español que ha sido el único que ha sacado a este país adelante, ya sea expulsando a franceses a tiro limpio o pidiendo el paso a una democracia.

Este Gobierno tiene los días contados, o los tendrá la sociedad. Nunca jamás antes desde el franquismo ni en los años del socialismo hipócrita de Zapatero, se ha vivido situación tan ardua y dura. Y no lo dice el escribiente, son palabras que subraya de grandes plumas como las de Pérez-Reverte o Roberto Centeno. Columnistas no estrictamente de izquierdas que han apoyado el cambio de los inútiles que llevan las actuales carteras ministeriales. Lo que tenemos ahora no es más que una tecnocracia de petimetres.

Alemania pone el ojo para ocultar la mano

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Hace unas semanas, en un conocido programa de televisión presentaban un reportaje sobre el ambiente de la actual sociedad griega. El conocido presentador andaba por las calles, preguntando a los griegos qué si pensaban salirse del euro, a lo que un ciudadano de a pie respondió audazmente. “Los alemanes no tienen que humillar a los griegos, no deben olvidar que la democracia empezó en Atenas”.

La mano de hierro de Merkel aprieta y ahoga. Cambió el gobierno italiano por una corte de tecnócratas eurocreyentes. Y ahora, amenaza con intervenir en la política griega si no consiguen alcanzar un ejecutivo de consenso en las próximas elecciones. Alemania clama al oráculo de los fantasmas del pasado: el autoritarismo y la unilateralidad como herramientas de política exterior. La única diferencia es que la ocupación del Reich ya no es militar, sino burocrática que representa el depredador de las sociedades liberales.

Grecia es un país con un pasado arduo, duro y honorable. En suelo helénico se encuentra el origen de la filosofía y las ciencias clásicas, de la democracia frente a la tiranía y del desarrollo de la cultura grecorromana. Mientras tanto, los pueblos germánicos caminaban como bárbaros sobre la tundra. Más tarde, la identidad griega palideció durante la larga ocupación otomana y siglos posteriores, fue liberada del yugo musulmán. A la par que, los alemanes tardaban siglos en consolidar una identidad común bajo la filosofía hegeliana.

Alemania carece de legitimidad para dirigirse a los griegos como lo está haciendo. Ni tiene un pasado histórico democrático mayor de cien años. Ni mucho menos, es el caudillo de la Europa unida. Este aguilucho germánico nada habla sobre la deuda, el paro o la economía de los países de Europa del Este. A Merkel le interesa hablar de España y Grecia, para tapar a países como Hungría, Rumania, República Checa y Polonia, por citar algunos. Estados donde el consumidor alemán disfruta de unos precios bajos y una mano de obra barata. He aquí el milagro alemán.

La extrema derecha en Grecia

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Este fin de semana ha sido la cita electoral para griegos y franceses. Los resultados han hablado por sí mismos en respuesta a la austeridad que promueve Merkel. Desde Francia, las urnas han alzado a los socialistas de Hollande frente a Sarkozy que en sus últimas días parecía más la mano izquierda de Alemania que la derecha gala. Por otro lado, Grecia ha fragmentado su parlamento en multitud de partidos, reduciendo conservadores y demócratas sus votos hasta un tercio de los votos obtenidos en los anteriores comicios.

Sin embargo, en Grecia ha habido espacio suficiente para que la nueva derecha acceda al poder. En concreto, se trata del partido llamado “Amanecer Dorado” de ideología racista, antieuropeo y nacionalista. Este fenómeno es una respuesta de una sociedad confusa ante una democracia y un mercado –el común europeo- que siguen sin dar respuesta a la profunda crisis económica. Y es un fenómeno, porque lo habitual en los sistemas con una cultura política asentada no es responder ante una coyuntura negativa con la llamada a los viejos demonios.

Una línea de pensamiento, especialmente defendida por los historiadores, sostiene que el auge de los fascismos tiene a sus espaldas unas altas cifras de paro e inflación. Se piensa que la democracia falla cuando queda atrapada por la economía. La respuesta es difícil. Sí y no. Una hipótesis interesante es que la derecha radical vuelve a casa no por Navidad, sino cuando existe un problema de identidad.

La identidad de una sociedad es un elemento difícil de definir, especialmente, en sociedades marcadas por la diversidad. No obstante, es posible hablar de la identidad, más o menos artificial, más o menos heterogénea, de un país. Cuando un Estado pierde su identidad y observa como es dañada su autoridad en relación a otros países empieza una espiral hacia el abismo de los extremos.

La Unión Europea en general, y la cancillera alemana en particular, han puesto en duda las cuentas de Grecia. Pero no ha sido suficiente con eso, y han dejado a los mercados jugar con la autoridad no ya de un gobierno, sino de un país, imponiéndole sendas restricciones y exigiéndole sacrificios a su sociedad. Unos sacrificios que se les piden desde el exterior, sin ningún beneficio a cambio. Merkel azota a Grecia como Francia castigó a Alemania tras la Gran Guerra. Así, de aquellos tiempos, los mismos fantasmas del fascismo.

La Europa de los usureros

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Para la década de los treinta del siglo pasado, alemanes y después seguidores del Régimen de Vichy culparon a los judíos de ser el mal que azotaba Europa. La usura y el egoísmo de los grandes poderes financieros controlados por las élites judeo-burguesas habían provocado el colapso de los mercados, según el nazismo. Y a tanto llegó el error sobre el culpable, que se acometieron las atrocidades de las purgas y el genocidio.

Pero algo de mérito tenían tanto nazis como comunistas del régimen soviético. Y es que, la avaricia humana por acrecentar sus posibilidades de crecimiento económico llevó a la pobreza más profunda que se hubiese imaginado. Los gobiernos de Estados Unidos tuvieron que implementar políticas de cooperación transfonteriza como el Plan Marshall.

Para principios del siglo XXI, la avaricia del eje franco-alemán ha llevado a hacerle más barato el costo que el gran beneficio que obtienen de un mercado común sin aranceles. No obstante, cuando Grecia y los países del arco mediterráneo como España e Italia amenazan con caer sus primas y derrumbarse vuelven a cerrar las puertas a un rescate financiero. No se equivocaban los nazis, que la avaricia es el gran mal que azota el mundo occidental, la misma usura que practican las generaciones de alemanes y franceses venideras.