Mes: abril 2013

El terrorismo, víctima y verdugo

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Pogrom

Parecía que ETA se había ido de vacaciones. Y no sigue estando de vacaciones, porque sus representantes políticos -los de Bildu- se niegan a condenar los atentados del maratón de Boston. Así, vuelven a surgir los discursos de todos conocidos de un lado y de otro. La Casa Blanca anunciando desde un primer momento que la masacre era obra de yihadistas. La izquierda abertzale abriendo sus brazos a cualquier uso político de la violencia. Mientras que, la sociedad expectante nada en su crisis diaria que es otra forma de muerte, política, pero más lenta y cautelosa.

¿Desde qué punto de vista miramos al terrorismo? Cuando se trata de Estados Unidos y del islamismo fundamentalista, el marco en el que se desenvuelven los hechos es el de la cruzada. Unos por extender su verdad, el “american way of life” y otros por combatir contra los “bárbaros del Norte” que han hecho de la palabra de Alá (o de Jehová) un uso estrictamente político. Sin embargo, reducir cualquier atentado terrorista al cliché del mundo occidental-musulmán es restringir las miras ante el peligro y ante quién es inocente o culpable.

El terrorismo es un fenómeno político y psicológico. Hunde sus raíces en los orígenes de nuestra primigenia civilización. El Imperio Romano castigaba a los detractores con la cruz o los ofrecían como espectáculo en el circo. A los señores feudales y la Inquisición, les bastaba con quemarlos en una hoguera o ejecutar un pogromo contra judíos, brujas y herejes. La colonización de los territorios africanos y asiáticos muestran la evolución  de estas prácticas que culminan con las matanzas de los totalitarismos nazi y soviético. Como vemos, el terrorismo no es algo ajeno a la historia ni a la vida. Siempre mantiene dos elementos, uno el verdugo y el otro el culpable, roles que algunas veces son ambivalentes para las dos partes o que son casi indistinguibles.

Lo realmente miserable es que se acuse rápidamente al mundo musulmán sin investigar si estos jóvenes chechenos actuaban por otro objetivo de índole nacionalista o por problemas psicológicos. También es miserable que desde el islamismo más radical se crea que pueden afectar a los resultados de unas elecciones matando a cientos de civiles. Es miserable que se use la violencia, pues si el fanático de la causa que sea recurre a ella será porque sus ideas no son creíbles ni para el mismo.

Razones para la transición

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Puede que el crecimiento económico combinado con una serie de políticas aperturistas y redistributivas explicase el avance de los regímenes no-democráticos en el Sureste Asiático, en los llamados “tigres asiáticos”. Sin embargo, estas mismas variables no pueden ser aplicadas al reciente proceso de democratización de los países de Europa del Este, algunos de ellos recién salidos de la Guerra de los Balcanes en los noventa y diez años después convertidos en democracias liberales con una economía de mercado. Lo que les permitió en esa misma época convertirse en miembros de la Unión Europea. ¿Cómo es posible que estos países que habían abandonado un régimen socialista y habían vivido el sufrimiento de los nacionalismos se convirtiesen en poliarquías? A esta pregunta se plantea la necesidad de elaborar una nueva agenda de la investigación que tenga en cuenta los acontecimientos en el largo plazo.

La cuestión está en que los autores comparatistas deben corregir sus errores y tener en cuenta los datos micro. La simple explicación a través de variables cuantitativas y de tipo macro-económico puede empobrecer y subestimar las posibilidades que ofrece la estructura social. Por lo que, es necesario incluir estos aspectos en las futuras investigaciones para evitar la dispersión que ha existido hasta el momento.

Por otro lado, tampoco existe una teoría sobre si las evoluciones a la democracia se producen por distintas vías en el caso de los totalitarismos. De hecho, los teóricos normativos sugieren que no puede existir política alguna en aquellos regímenes que no sean democráticos y respeten la institución de la ciudadanía. Si seguimos esta lógica, podemos conectar los rasgos de los totalitarismos caracterizados por la ausencia de autonomía de la esfera política con respecto a otras y viceversa con la negación de la política realizada desde la moral política.  De hecho, otros autores coinciden en que la creación de autonomía de la esfera política en relación con otras como la económica y la social puede ser un rasgo de democratización. Por lo que, una vía para la transición desde regímenes totalitarios a democracias puede pasar por un cambio institucional donde se independice la política de otros campos. Y es que esto es algo que se consigue por parte de la Administración a través de la asunción de principios (imparcialidad, eficiencia, etc.) propios del Estado de Derecho y no asociados a una determinada ideología o corriente religiosa. Así, la solución a los regímenes más extremos puede venir no necesariamente a través de la estructura social, sino mediante el acondicionamiento de las instituciones.

En resumidas cuentas, se pueden tomar en cuenta esta serie de recomendaciones y de datos que son de interés para las transiciones como objeto de estudio de la Ciencia Política. Lo que se puede resumir en una actualización de la agenda, la combinación de datos macro y micro en su análisis y el recurso a distintos enfoques que permitan conocer más detalladamente cómo avanzar hacia una democracia desde un contexto autoritario.

Monarquía a juicio

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images (1)La institución de la Corona es y será objeto de juicio. No es que la infanta Cristina esté imputada o que su marido hubiese usado los contactos que provee la agenda real para el caos Nóos. Ya no es una cuestión de personas, ya que de todos es sabido que los Borbones no saben hacer la “o” con un canuto. El dilema en sí tampoco es algo que deba decidir un juez. Muy al contrario, es la sociedad y la opinión pública la que debiera reabrir el debate sobre si deseamos una monarquía o una república como sistema político.

Monarquía es una palabra que ha gozado de especial cuidado por nuestra democracia. La figura del Rey goza de inviolabilidad en la carta constitucional. De forma que ningún tribunal ni poder judicial podrá nunca tocar al monarca haga lo que haga. Por lo que se le exime de una responsabilidad política que “de facto” tiene y ha jugado en distintas ocasiones el mismo Juan Carlos. Cuando movía hilos para acercarse a Franco o retirar a su padre de la vida pública para convertirse en heredero. Bien cuando jugaba a dos bandas con los golpistas del 23-F y unos políticos leales, pero acongojados por la situación que se venía encima en aquella noche tejerina. O muy bien, cuando ha invertido la friolera suma de 500.000 euros para mantener a su concubina Corinna cerca de palacio, ya saben para a media noche pasarse a dar una vuelta a ver si a su inquilina se le ha roto algún cuadro o no sabía cuál era la dirección de Cuenca.

Si nuestra monarquía no puede ser una ejemplar, como lo es la figura de los Orange en Holanda o la misma institución en Reino Unido, entonces es hora de pasar página a este viejo invento feudal. La sociedad española, se dice, no está preparada para una república porque bien ha fracasado en multitud de ocasiones y generalmente por falta de una cultura política de lealtad al Estado. Una lealtad que en su día no respetaron los militares, ni los políticos de todo color, ni casi nadie. Aunque esta decisión dual entre rey o república sea una espada de doble filo, si realmente hay tantas personas deseosas de la segunda quizá este sea el momento de dar un paso adelante. Aún así, falta confianza y lealtad en el Estado. Dejar a un lado ese emblema patriótico que parece es sólo de la derecha y esa oposición bolchevique que se ejerce desde sectores antisistema de la sociedad.

Podredumbre en la élite malagueña

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imagesCARVRRYBHace unos días, se hizo público el nombramiento de Elías de Mateo como responsable del Museo Municipal de Málaga. La concejalía de Cultura dirigida por el incombustible Damián Caneda ha patinado una vez más al son de la batuta del partido, nombrando a un gestor sin recurrir al tradicional concurso de méritos como se había venido haciendo hasta el momento. Por su parte, Elías de Mateo es un loable intelectual e historiador de la Iglesia, bien conocido entre los círculos malacitanos, pero anónimo más allá de las fronteras provincianas. Lo mismo sucede con el artista cuyo museo dirige, el de Revello de Toro, el retratista de los alcaldes de la ciudad y bien referenciado entre la derecha malagueña.

El caso anterior es sólo la punta del iceberg de una tendencia que se está asentando entre las élites locales. En los últimos treinta años, distintas familias y personalidades se han repartido las posiciones, los honores y los reconocimientos en el entramado político-social. Así, han copado las altas instancias de los partidos, fundaciones y otros organismos que se han convertido en su coto de caza particular. De los Larios, Heredia, Loring y Caffarena del diecinueve hemos pasado a los Segalerva, Pérez-Bryan, Estrada y a las camarillas bien organizadas de arribistas -a diestra y siniestra- que ocupan algunas de las más reconocidas instituciones de Málaga en el ámbito social, político y cultural.

Estos caballeros y damas, a los que no pocas veces les asusta hablar de “élite” y de “política”, han puesto sendas barreras para la renovación de las instituciones que ellos mismos ocupan. Así, no se ha producido una actualización generacional de la élite local, sino que tan sólo el carnet del partido o la referencia de algún ideólogo han permitido paliar la artrosis reumatoide que sufre la jerarquía malagueña. Sintomática especial de esta lúgubre enfermedad se manifiesta mediante los episodios repetitivos de exposiciones de Chicano, reminiscencias paranoides a lo Brinkmann, voces franquistas que hablan de toros y de los clavos de Cristo en las sombras de la democracia y corrillos entre las familias de una cuasi extinta burguesía decimonónica (especie en peligro de extinción).

Mientras tanto, las generaciones más jóvenes tienen que elegir entre quedarse o ser enterrados con estas momias en sus túmulos desde la Alameda al Limonar. Y así, cumpliendo la misión de recordar las glorias de estos muertos, conseguirán algún día que alguien les recuerde a ellos. Málaga, la ciudad que “todo lo silencia” -contribución del gran columnista José García-, no es país para jóvenes; es un país para ancianos ególatras.  A los que se les llena la boca de la palabra “democracia”, pero se les perdió por el camino. Sin embargo, sería recomendable que tuviésemos pena de estos pobres viejos. Estas senectudes que temen ante todo la apertura democrática de las instituciones malagueñas y el frío de la muerte.