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Errejón asediado

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errejon-e-iglesiasLa coalición de Unidos Podemos, o mejor dicho, Podemos se caracterizó por una audaz propuesta desde sus inicios. Esa singularidad estaba y está en saber explicar la realidad política española con mensajes claros, nítidos y transparentes. La joven política de la que se jactaban desde la formación naranja hasta los seguidores de las nuevas tesis de la izquierda adogmática como distinción de su marca. No obstante, una excepción hermética es el discurso creado en torno al conflicto existente en el seno del partido.

Desde hace unos meses, distintos medios de comunicación ya jugaban con un posible desacuerdo tanto ideológico como programático entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Lo que se ha confirmado tras las cartas presentadas por ambos esta semana y el aviso de que si cambian los rumbos, también cambiarán las personas. La ardiente crispación y el transversalismo unificador enfrentados por el método para alcanzar un mismo fin: la confluencia de los ciudadanos. No es éste un debate nuevo en la política ni mucho menos en su vertiente más filosófica y moral. ¿Qué es preferible diría Rafael del Águila? La tensión maquiavelista constante o la suave sofisticación de la política cooperativa de Aristóteles y Arendt.

En política, el debate sobre el medio no es una cuestión baladí porque al final cualquier proyecto político tiene como objetivo lograr una mejora en las condiciones de vida de la sociedad. Más importante es aún cuando detrás existe un partido político y el fin deseado dentro de sí, es el mismo. Si la toma de decisión sobre el método descansa en cuál es el instrumento preferido por la mayoría de sus votantes, no cabe dudas al respecto. Por su parte, el flamante Iglesias propone adherirse a los postulados de Izquierda Anti-Capitalista sin haberle preguntado antes a sus militantes siquiera dónde se ubican ideológicamente si en un centro-izquierda o en un extremismo estalinista. Un análisis de las cifras demoscópicas, y Bescansa experta en el tema lo sabe, demostrará que la mayor parte de sus fieles no se encuentran entre las antípodas soviéticas, sino en otro hemisferio.

Cambio ideológico por mutación partidista

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2016-ferranEl cierre de la fallida investidura de Pedro Sánchez y su heraldo naranja ha dejado una clara conclusión. Los partidos se han desplazado en la arena ideológica durante esta coyuntura de cambio político que algunos han venido en denominar la “Segunda Transición”. Aunque es cierto, que si es una transición sabemos desde donde, el bipartidismo, pero no terminamos de avistar donde acaba en un horizonte marcado por la división de los grupos políticos entre la izquierda y la derecha. Siguiendo esta lógica, los distintos partidos políticos se han asentado en determinadas arenas electorales de las cuales consiguen sus apoyos, no siendo las mismas que hace unos años.

A grandes rasgos, nuestro panorama político quedaría dividido de la siguiente forma. Un Partido Popular que se convierte en el gran partido a la derecha acogiendo tanto a conservadores como a elementos extremistas y que aún intenta, aunque de forma fallida pescar en el centro-derecha. Un centro político marcado por PSOE y Ciudadanos que de forma acertada captan el voto tanto del centro-izquierda como del centro-derecha, especialmente ese centro-derecha hastiado del liderazgo de Rajoy acosado por los escándalos de corrupción y el desgaste. A la izquierda de los socialistas, queda un amplio espacio ganado por Podemos y en el que coexisten pequeñas fuerzas como Izquierda Unida, Compromís, En Marea y En Comú-Podem. Finalmente, quedarían los partidos nacionalistas tradicionales que han visto disminuir su cuota, a excepción de PNV y ERC.

Este trance político continúa a fechas de hoy, tras que el monarca haya instado a los candidatos a abrir nuevas negociaciones. Sin embargo, esta italianización de la política que deja espacios estancos claramente definidos viene acompañado de la incapacidad de los partidos para llegar a un acuerdo. Si bien, ya ha empezado una guerra fría entre Podemos y PSOE para tender lazos a través de la mediación de las fuerzas de Compromís e Izquierda Unida. Ahora cabe esperar si el programa de centro propuesto por Sánchez y Rivera es capaz de incorporar demandas desde la izquierda y contar el apoyo de estos partidos. Lo que no cabe lugar a dudas es que Rajoy es innegociable, pero que el tampoco está dispuesto a negociar su salida de la arena política.

Doble bipartidismo

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En un reciente artículo de Ramón Cotarelo, se plantea la hipótesis del doble bipartidismo. No hay otras opciones. No existen otros partidos. Ni Equo, ni Izquierda Unida, ni UPyD, ni nadie más. El fenómeno de la americanización de la política y los mecanismos de conversión de voto de nuestro sistema electoral está produciendo la pervivencia del viejo bipartidismo y el auspicio de uno nuevo de manos de Ciudadanos y Podemos. Así, estos dos partidos intenten sustituir a PP y PSOE respectivamente en sus caladeros de votos.

Decía el insigne Pablo Iglesias que la política actual no es de izquierdas ni derechas. Se equivocaba. Sigue siendo de azul o rojo, de opción A o de opción B. Porque el ciudadano se sigue moviendo principalmente en este anclaje político para determinar sus opciones de voto. Más allá de los valores postmaterialistas, de la crisis económica, del ecologismo y feminismo, de tal o cual, las viejas ideologías siguen influyendo en lo que los españoles votarán, especiamente si hablamos de las elecciones generales. Por lo que, desactivar el eje izquierda-derecha está muy bien para que Podemos absorba voto de distintos caladeros ideológicos, pero no explica la auténtica realidad que se está produciendo.

Siguiendo esta lógica, lo fundamental estará en las coaliciones y los acuerdos. Por el bien de los ciudadanos, esperemos que esta vez esa cultura pacticia imperante en otros países de Europa se pueda asentar en España para reconducirla a un nuevo horizonte. O si por el contrario, seguiremos en ese maldito cainismo, en la continua división de izquierda-derecha, buenos-malos, norte-sur, que tanto gusta a los habitantes de la Península Ibérica. Causa a la vez de los bipartidismos y otros tantos males que afligen a sus pueblos.

Podemos cagarla

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El giro que está tomando actualmente IU produce rechazo al arribafirmante, en especial por plantear un regreso al antiguo modelo económico defendido por la formación. Pese más o pese menos, el desencanto con el bipartidismo y la crisis económica son dos factores que han jugado, juegan y jugarán a favor del aumento de la intención de voto hacia la izquierda auténtica. Por lo que, es de esperar que este partido incremente su éxito en las próximas elecciones europeas de 2014 y las generales de 2015.

Aunque este panorama parecía augurar un buen resultado a IU, de repente aparece un nuevo líder con capacidad para competir con este grupo político. Se trata del periodista y presentador del programa La Tuerka, Pablo Iglesias, que desde hace unos días con el apoyo de los movimientos sociales, se ha atrincherado en el barrio de Lavapies. Desde esta posición, aspira a reunir un total de 50.000 firmas como aval moral para comprometerse a concurrir con una lista propia a los comicios al Parlamento Europeo.

Iglesias no es cualquiera. Se trata de un liderazgo social y políticamente construido a partir de los medios de comunicación y las redes. Este líder no integrado aún en el aparato político, decide usar su capital simbólico entre seguidores y simpatizantes para hacerse un hueco en el mercado político. Esto va a tener serias consecuencias por la fragmentación de votos que puede producir con respecto a IU, así como fenómenos de volatilidad bastantes perjudiciales para Cayo Lara.

En el momento en el que la izquierda verdadera, dejando a un lado el PSOE, puede unirse para cosechar un éxito mayor. Sin embargo, aparece un demagogo, que guste más o menos, aportar un liderazgo construido con el paso del tiempo y eso es un producto político bastante comercializable. Todo eso lleva a que la auténtica izquierda puede cagarla.

15-M: Una respuesta necesaria, pero tardía

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La movilización bajo el lema “Democracia real Ya” representa un fenómeno único en el comportamiento político de la sociedad española. Desde los atentados terroristas de Atocha se desconoce una respuesta multitudinaria en protesta por la gestión de un ejecutivo. Ni antes de la crisis, ni después de ella, la sociedad en general y la juventud en particular habían salido a la calle para denunciar la impasividad de un gobierno socialista que vive en el boato, mientras sus ciudadanos sufren su incompetencia. Algo de lo que los medios internacionales se han hecho eco.

La reacción para darle un toque a la clase política era precisa. Pero tenía que haber llegado mucho antes. Y esta respuesta, no puede basarse en las exigencias de democracia real. Porque las prácticas democráticas participativas como las que propugnan los portavoces del movimiento tienen dos lagunas. Por un lado, la ciencia política empírica demuestra que es imposible crear mecanismos de participación al acceso de la totalidad de habitantes de las sociedades urbanas del presente. Al final, unos participarían más y otros menos, volviendo a reproducirse la misma situación. Por otro lado, una democracia participativa llevada al extremo puede convertirse en una nueva forma de dictadura que anule la identidad del individuo. La auténtica exigencia debe estar reorientada a un cambio en la actitud de la clase política en general.

La supresión de la inmunidad parlamentaria, el descenso del salario de los políticos y la creación de más oposiciones. Estas demandas necesitan de un análisis previo y serio para su puesta en marcha. Primero, si eliminásemos la inmunidad parlamentaria muchos políticos resolverían sus disputas en los juzgados y no en el campo político, colapsando aún más los tribunales. Segundo, si descendiésemos el salario de los políticos aumentaría la corrupción porque todos carecerían de los recursos suficientes para ejercer su labor. Y para terminar, es un suicidio aumentar las oposiciones, y por tanto, el gasto público; con la deuda pública que arrastramos.

Este movimiento es un desgarro de la izquierda dentro de la misma. Pero debemos ser prudentes en su análisis. No es un movimiento que esté capitalizado por una fuerza política determinada. Es un descontento generalizado que ha llevado a que sectores tradicionales de votantes de izquierdas se sientan irrepresentados por los dos grandes partidos. Pese a ello, debemos ser cuidadosos. Es fácil críticas a los políticos, pero difícil ponerse en su lugar. Todos no son iguales.