15-M: Una respuesta necesaria, pero tardía

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La movilización bajo el lema “Democracia real Ya” representa un fenómeno único en el comportamiento político de la sociedad española. Desde los atentados terroristas de Atocha se desconoce una respuesta multitudinaria en protesta por la gestión de un ejecutivo. Ni antes de la crisis, ni después de ella, la sociedad en general y la juventud en particular habían salido a la calle para denunciar la impasividad de un gobierno socialista que vive en el boato, mientras sus ciudadanos sufren su incompetencia. Algo de lo que los medios internacionales se han hecho eco.

La reacción para darle un toque a la clase política era precisa. Pero tenía que haber llegado mucho antes. Y esta respuesta, no puede basarse en las exigencias de democracia real. Porque las prácticas democráticas participativas como las que propugnan los portavoces del movimiento tienen dos lagunas. Por un lado, la ciencia política empírica demuestra que es imposible crear mecanismos de participación al acceso de la totalidad de habitantes de las sociedades urbanas del presente. Al final, unos participarían más y otros menos, volviendo a reproducirse la misma situación. Por otro lado, una democracia participativa llevada al extremo puede convertirse en una nueva forma de dictadura que anule la identidad del individuo. La auténtica exigencia debe estar reorientada a un cambio en la actitud de la clase política en general.

La supresión de la inmunidad parlamentaria, el descenso del salario de los políticos y la creación de más oposiciones. Estas demandas necesitan de un análisis previo y serio para su puesta en marcha. Primero, si eliminásemos la inmunidad parlamentaria muchos políticos resolverían sus disputas en los juzgados y no en el campo político, colapsando aún más los tribunales. Segundo, si descendiésemos el salario de los políticos aumentaría la corrupción porque todos carecerían de los recursos suficientes para ejercer su labor. Y para terminar, es un suicidio aumentar las oposiciones, y por tanto, el gasto público; con la deuda pública que arrastramos.

Este movimiento es un desgarro de la izquierda dentro de la misma. Pero debemos ser prudentes en su análisis. No es un movimiento que esté capitalizado por una fuerza política determinada. Es un descontento generalizado que ha llevado a que sectores tradicionales de votantes de izquierdas se sientan irrepresentados por los dos grandes partidos. Pese a ello, debemos ser cuidadosos. Es fácil críticas a los políticos, pero difícil ponerse en su lugar. Todos no son iguales.

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