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La alta academia es independentista

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El apoyo de relevantes intelectuales a la causa independentista ha sido una de las cuestiones que han salido a la palestra. Desde hace tiempo, personalidades como Noam Chomsky y Vicenc Navarro se han sumado a la causa. No es de extrañar que un anarquista como Chomsky crea que el Estado apalea a los catalanes, les prohíbe hablar en su lengua y les roba dinero para dárselo a los maleantes andaluces. Es muy fácil opinar, pero muy difícil comprender cuando se quiere estar en todas partes. Pese a ello, se le puede dar una tregua al reputado filólogo para que exprese lo que considere oportuno.

Lo que si merece una especial atención es la presencia de distintos académicos, entre ellos médicos, politólogos y sociólogos, de origen catalán y que trabajan en prestigiosas universidades estadounidenses. Harvard, Princeton y otros centros acogen a estos científicos de origen español (y catalán) que actúan como opinadores ante la opinión pública de su país con el relato de la España tirana. Estos mismos se agrupan en el Colectivo Wilson con el objetivo de servir como lobby externo y con capacidad para influir desde sus posiciones en el público norteamericano.

Weber aconsejaba que los académicos evitasen hacer política con sus convicciones. O dicho de otra forma que con la ideología académica apoyasen causas propias de la esfera del poder. Aunque la doctrina weberiana es bellísima en su redacción, eso no ha impedido que estos intelectuales se posicionen del lado secesionista. Ahora bien, se puede recordar una cuestión y es que si este amplio grupo de profesores catalanes reside en Estados Unidos no es precisamente porque España no hubiera invertido en investigación y desarrollo en Cataluña.

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Calidad en la academia

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sheldon La presente podría ser el inicio de una reflexión sobre los cambios políticos que se están sucediendo. No obstante, la prontitud de los hechos muchas veces lleva a opinar con la fugacidad que caracteriza a los periodistas. En cambio y ante el presente fin el curso, es oportuno reflexionar sobre la obsesión de “calidad” en la docencia y la investigación que se está insertando recientemente en España. Desde el Gobierno de Rajoy, se han recortado ayudas a la investigación, se han reducido recursos a las universidades y se han aumentado las exigencias al personal investigador, inclusive el personal en formación.

La universidad y las universidades españolas, entre ellas las más antiguas especialmente, están repletas de senectudes con escasos méritos y poco preocupados por la enseñanza. De hecho, muchos estudiantes saben el nombre de catedráticos que llevan sin actualizar sus apuntes más de una década. Esto permite que los apuntes que el arribafirmante usase en sus estudios de Periodismo allá por 2003 y 2004 sean válidos aún a fechas de hoy para aprobar las asignaturas. En concreto, me refiero al caso de algunos catedráticos y profesores titulares que nada más acabar la tesis y en menos de una década se hicieron con dicha plaza, pasando a ser funcionarios. Por lo que, con menos de cuarenta años ya estaba solucionado y su preocupación presente pasa más por la influencia o la política académica que por la calidad de sus producciones científicas y sus clases.

Por otro lado, la nueva generación de investigadores y docentes desde su etapa predoctoral y anterior incluso al doctorado se les exige “calidad”: artículos de impacto, congresos internacionales, renombre internacional, pertenencia a comités internacionales, etc. Una calidad que no se exigió ni en su vejez ni en su juventud a los despreocupados de los que hemos hablado anteriormente. Y es que ciertamente, para que un joven académico que aún no roza la treintena es difícil reunir esos méritos, que en la mayoría de las ocasiones requieren de una dosis combinada de influencia, poder y recursos económicos. Algo que queda fuera del alcance de una persona que aún no se ha matriculado ni siquiera en el curso de doctorado. A ello, hay que añadir que han aumentado otras exigencias como el tiempo de finalización del doctorado, reduciendo el tiempo de reflexión a veces necesario.

El sistema de carrera académica español, con una oscura similitud con el italiano, espera que después de décadas de ineficacia, la nueva hornada acometa con los cambios que sus mayores no realizaron. Y es que, lo más irónico del asunto es que entre los comités científicos que evalúan dicha “calidad” se encuentran algunas de estas senectudes despreocupadas. Afortunadamente, una de las pocas luces que brilla en este túnel del cambio es la presencia de honrados catedráticos y profesores titulares que sí están realmente comprometidos con su traajo.

Sin embargo, una cuestión fundamental sería redefinir el concepto de “calidad” y las necesidades económicas y técnicas que requiere realmente esa meta, porque si la calidad no se paga se pierde, como está sucediendo con muchos investigadores que abandonan el país para encontrar destinos mejores. Por ejemplo, el reciente caso de una doctoranda de la Universidad de Jaén, Leticia Díaz, que ha trabajado sobre los genes que influyen en el autismo sin asignación presupuestaria durante un año y debido a los recortes económicos en su proyecto. Finalmente, la Universidad de Harvard ha decidido contratarla durante varios años. Mientras tanto, Wert o Rajoy o el espíritu de Aznar aspiran a que la calidad sea una meta imposible en España, pero posible para los investigadores españoles en el extranjero.

Miseria intelectual

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imagesVuelvo a Málaga para descansar del trajineo de los Madriles. Fin de semana. Abro el periódico emblema de la ciudad mediterránea y veo los mismos rostros. Mi mente vomita improperios. Mi boca denuncia miserias. Cada vez más, la élite cultural local o lo que muchas veces mal llamamos “intelectuales” son las sierpes más viles e hipócritas con las que podemos toparnos. Se acuestan con políticos, mueven banderitas según el calendario, publican con subvenciones y copan las redes sociales para cumplir sus ansias de fama y… gloria. Seres vacíos.

Ilustremos con algunos ejemplos de algunos bien conocidos, sin dar nombres para no invocar posibles violaciones del honor que está bastante sobrevalorado. Érase una vez un profesor universitario que en sus clases de literatura narraba los asuntos de cama de los autores españoles en lugar de profundizar en el sentido de sus obras. Y fuera del aula, dedicaba el tiempo libre a escribir libros para el público infantil. Bendita libertad de cátedra. Sin ti los degenerados no podrían hacer lección de lo sórdido.

Hay otros sujetos. Como uno que empezó siendo comunista y ahora es destacado españolista experto en el universo umbraliano. Una buena persona que en privado lanza improperios contra nuestra ciudad, pero en público la alaba. Defensor de la España profunda. A medio camino entre Madrid y Málaga, con el Café Gijón como cuartel general, este taimado buscavidas vende humo entre editores, poetas y cosas similares. La chaqueta se cambia las veces que haga falta con tal de publicar, con tal de cobrar.

Y para terminar, una de nuestras singularidades intelectuales es un reputado “escritor” argentino. Bien conocido entre nuestra derecha malagueña de cuya mano come. Uno que al mando de una reputada institución del legado artístico de la ciudad, igual se dedica a acusar a asociaciones culturales y cívicas de “nazis”. O bien se pone a dirimir premios literarios entre versos que hablan de la masturbación en ausencia de amante, de comida caducada en el interior de una nevera o de fantasías sexuales durante la revisión de la ITV.

Estos sujetos y muchos otros de similar calaña tienen una gran habilidad. Una capacidad sin igual para criticar a políticos un día y al siguiente acostarse con ellos para conseguir sus intereses. Que un día venden su alma al demonio y al siguiente aspiran ser enardecidos en la ambrosía de las divinas musas. Este es el “espíritu crítico” oficial de Málaga. Esta es la voz de la clase pensante que actúa como la misma clase política a la que denuncia. Esta bandurria de petimetres y fulanos es nuestra miseria intelectual.