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Las cofradías, agencias de reclutamiento político

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La cuestión sobre la desconfianza en la clase política en particular, y en la política en general, está en el candelero. Se denuncia su corrupción, su formación, su egoísmo, su ambición y muchas más efemérides de los siete pecados capitales. Aunque, parece tarea ardua reconocer que cada sociedad tiene los políticos que merece y que ella misma los produce. Y ahora que termina la Semana Santa, no estaría de mal hablar de las cofradías y su relación con las élites políticas, porque de esto hay mucho que hablar; y los hermanos prefieren callar.

Una primera mirada histórica en los dos últimos siglos descubre como en la mayoría de los países europeos, las élites políticas han tenido sus propios centros de extracción de sus miembros. Citemos las logias masónicas como bases del reclutamiento político en Francia e Inglaterra, los sindicatos en los países del Centro de Europa, los clubes sociales en el mundo victoriano y los ateneos en Alemania y Austria. Sin embargo, en España comenzaba una tendencia en torno a mediados del siglo XXI y que culminaría con la instauración de la democracia de finales del siglo XX: el recurso a las hermandades como lugar de selección de futuros candidatos políticos.

En sus inicios, las cofradías proceden de un sentimiento de devoción del pueblo hacia las imágenes santas, de las que estuvieron mucho tiempo apartados por el poder eclesiástico. Ahora, las hermandades sirven extraer futuros dirigentes políticos para los partidos y como asociaciones recreativas. Y esto, que muchas veces se le ha achacado exclusivamente a los conservadores es algo que comparten todos lo grupos políticos, véase el caso de Sevilla, Málaga y otros. Lo que nos lleva a reflexionar sobre el sentido social de la pertenencia a una cofradía.

La integración de una persona en una hermandad representa socialmente, en tierras andaluzas, ese hombre virtuoso del que hablaba Aristóteles. Además, el pago de una cuota expresa independencia económica y fidelidad a la organización. Más aún, lo codiciado son lo cargos dentro de la institución como el hermano mayor, vicepresidente o el que tira del burro, por un poner, para demostrar sus capacidades gestoras. Así, dentro de una cofradía se disputan entre sus hermanos por el capital social y las prebendas que puedan obtener con tendencias similares a las de un partido político. Por tanto, constituye un buen lugar para encontrar a arribistas y creyentes, sólo hace falta cambiar la figura del Cristo por la pegatina del partido.

Esta influencia de la cofradías en la vida pública no debe ponerse en relación con la polémica entre política y religión o Estado e Iglesia. Las hermandades han sido separadas del ámbito estrictamente religioso por un intenso proceso de laicización y su componente pagano de culto a la imagen. Lo que debemos especialmente al franquismo y el simbolismo social que dejó para las cofradías en la sociedad, ya fuera por intereses económicos o folclóricos. Y aquí, siguen las generaciones de la clase política usando las cofradías como centros de extracción política. En fin, singularidades de la cultura andaluza.

El reclutamiento de los diputados malagueños del 20N

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Gallagher y Marsh señalan que la selección de los candidatos varía en un eje que va desde la elección por parte de los militantes hasta la efectuada por un único líder. En el caso de la circunscripción de Málaga, se situaría más cercano a este último eje, siendo el órgano ejecutivo central el responsable de priorizar a los candidatos, sino el que obtenga representación auténtica entre sus propuestas. Así, los comités locales y los afiliados tendrían una intervención testimonial y respondiendo más bien a las directrices del central para el PP y PSOE.

¿Por qué no se produce una respuesta por parte de los militantes ante su escasa intervención en el proceso de elaboración de listas y la priorización de sus candidatos? Posiblemente, la cultura política existente entre los individuos ayude a explicar que esta reacción no se produzca por parte de los afiliados de ninguno de los partidos comentados. Y que como característica común de sus preferencias esté la aceptación de cierto grado de desacuerdo con respecto a las directrices que emanan de las élites ejecutivas del partido. Así, se aceptan las premisas de la nueva competición electoral que introducen los “cartel-party” que se convierten más en actores políticos adosados a las instituciones, que en auténticos representantes de una ciudadanía con la cual se han divorciado.

Por lo que respecta a los órganos centrales de los partidos analizados, la competencia de las campañas electorales ha llevado a la discreción de la dirección del partido en su intervención en la cocina de las listas electorales. Esto demuestra que sólo mediante análisis politológicos pueda verse la auténtica influencia de los órganos jerárquicos de los partidos.