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Ciudad global

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banlieueEl distópico futuro planteado en clásicos como Blade Runner no está tan lejos. La omnipresencia de las corporaciones, flujos de capitales y mercancías, multiculturalidad y la hibridación étnico-simbólica, la prestación de servicos hiper-especializados, sistemas avanzados de transportes, aeropuertos internacionales conectados en redes con otros centros geográficos y la velocidad continuada. Esas son las ideas que vienen a la cabeza cuando se piensa en algunas de las llamadas “ciudades globales”, un concepto de la socióloga Saskia Sassen hace dos décadas y que tradicionalmente se ha aplicado al cuarteto de Nueva York, Londres, París y Tokio.

Las multinacionales financieras y económicas dieron desde un primer momento visto bueno a este término, en tanto que apoyado en los elementos más beneficiosos de la globalización permite legitimar sus acciones. La deslocalización, la desagregación económica y el movimiento transfronterizo de sujetos, capitales y bienes. Sin embargo, Sassen olvida el lado oscuro de la megalópolis como criadero, en base a sus distintos estratos urbanos, de las mayores barreras sociales. Y por tanto, fruto de las desigualdades más duras que se encuentran en el mundo desarrollado.

Más allá de la problemática del Islam en los suburbios parisinos de Saint-Denis y Bobigny, se esconde un asunto peliagudo como la barrera política, económica y social. Como dato significativo, cabe mencionar que la capital francesa es denominada despectivamente como “Panamá” entre los habitantes de la periferia, para quienes el “crimen” no es si no más que aquello que elegantemente ejecutan los trabajadores de cuello blanco del intramuros. Al otro lado del Canal de La Mancha, se encuentra su homóloga británica, la ciudad europea que durante mucho tiempo ha alcanzado las mayores cifras de desigualdad social en Europa. Los grandes poderes de la globalización moldean estas ciudades para satisfacer sus necesidades, pero ni siquiera el Estado consigue solucionar los efectos colaterales del urbanismo globalizado.

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London First Week: surviving in the urban hell

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DSCN0041La estancia académica en Londres durante este verano pretendía ser un descanso en todos los sentidos. Un momento de pausada armonía. Lo que me llevó a pensar que podría descansar de las reflexiones políticas de mis columnas y escribir algo menos apresurado como unas memorias de viaje. Aunque llegué con los ciertos prejuicios que todo español arrastra frente al mundo anglosajón: la cultura, el estilo de vida, la gastronomía y el clima insular; lo cierto es que, esas teorías eran sólo unas aventuradas y vacuas hipótesis que no captaban la auténtica gravedad de todo lo que encierra la “city”. No es mi intención desanimar a ningún alma aventurera, estudiante Erasmus, inmigrante en busca de trabajo o enamorado de la metrópolis. Por lo que, recomiendo a aquellos que se suscriban a alguno de dichos perfiles que abandonen la lectura para evitar que mi opinión subjetiva, sesgada y profundamente juiciosa pueda contaminar en sus expectativas, sueños y pesares. Con esta advertencia previa, puedo dar paso a plasmar en las siguientes líneas lo que he experimentado y conocido durante nada más y nada menos que una semana.

La comida constituye, sin lugar a dudas, uno de los elementos que más determinan nuestra experiencia londinense (y la de otros). Aún desconozco si lo que relataré a continuación sucede sólo en Londres o en cambio, es algo que afecta a todo el país. Básicamente, la comida aquí es una mierda. Sí. Una auténtica mierda. ¿Por qué? Los productos frescos como la carne y la verdura se pudren en cuestión de días. No hablemos ya del pescado. Por cierto, ¿por qué no hay pescaderías en la “city”? ¿han desterradDSCN0058o a los pescadores por el congelado? Aquí puedes comprar una pechuga de pollo, unos tomates o una lechuga que de la noche a la mañana se convertirán en un nido de putrefacción. Esta afirmación ha sido comprobada científicamente. La basura da pruebas fehacientes de ello.

En este sentido, la fecha de caducidad de los productos es exacta. Esto no es España donde Cañete puede darse el lujo de comerse los yogures de hace dos días. Aquí consumir algo que cumplió ayer tendrá nefastas consecuencias como gastroenteritis, diarrea, vómitos y hongos cutáneos. ¿Cómo puede haber tanta obesidad con “questo civo” en Reino Unido? De hecho, los supermercados juegan a diario con la proximidad de la fecha de caducidad de los productos para rebajar consecutivamente el precio de los comestibles hasta que llega la hora punta. Finalmente, añadimos el precio de los productos de primera necesidad y sólo se llega a una conclusión: se paga bastante por una comida de baja calidad y en deplorables condiciones. Por estas razones, los británicos suelen acudir a los supermercados a diario, porque se van consumiendo en el corto plazo. Ni el congelado es de fiar.

El clima es un segundo factor a tener en cuenta. Durante el verano no hay una forma lógica de predecir qué tiempo hará a lo largo del día. Puede que te levantes con un cielo nublado y al cabo de unas horas todo se transforme en un intenso calor veraniego. También existe la posibilidad que la soleada jornada se cierre con una noche tormentosa. El paraguas es uno de tus complementos básicos. Por todo ello, la vestimenta puede variar de un día a otro de una manera abismal. Así que, viéndolo de forma positiva, podrás disfrutar de una amplia gama de tu propio armario. Sí. Tu armario debe ser variado y complementario.

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El carácter de la ciudad es algo totalmente genuino. No es una ciudad fea, pero tampoco es bonita. No es una ciudad acogedora, pero tampoco es repelente. En las fachadas rojizas de sus edificios y los colores violáceos de sus contenedores de basura se exhibe el intento por dibujar las tonalidades de vidas grises. La vida del profesional liberal de Aldgate, del comerciante musulmán de Whitechapel o del hipster de Candem o Picadilly. Entre todos ellos existe el mismo interés por dar sabor a una insípida existencia en las profundidades de la “city”, pues de por sí, suelen ser vidas bastantes impersonales. Una impersonalidad que imprime la ciudad y que sus habitantes intentan borrar con personalidad, identidad y carácter. También una solución muy socorrida son las “pints” y los “gins” al acabar la jornada, ya sea en una tasca del barrio más deprimente o en la más concurrida taberna del centro.

Sin embargo, si todo esto no te ha convencido. No hay mejor forma de cerrar una jornada de trabajo con una “tube strike” que cierra las bocas del metro, convierte los autobuses en latas de sardinas, colapsa las aceras y eterniza la “rush hour”. Así, puedes ejercitar tu cuerpo con una caminata de más de hora y media hasta tu hogar, que sin lugar a dudas, no se encontrará en el interior de la Zona 1. Mientras escribo estas líneas ya pienso en las próximas que versarán sobre el estilo y el sentido de la vida en la “city”, una hipótesis que aún está por poner a prueba para corroborar o refutar. Hasta la próxima.