Al-Andalus

Orgulloso de ser andaluz

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El Día de Andalucía se ha convertido en una efeméride más, sin ningún valor para aquellos que lo celebran. Entre los tópicos y los típicos, el andaluz es un tipo vago, poco preocupado por el futuro y otros aspectos negativos que en el imaginario general de los españoles aún pervive. Esta figura fue creada a principios del siglo XX por una serie de pensadores, filósofos y antropólogos que hicieron teoría de sus observaciones subjetivas del universo andaluz.

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Andalucía es una comunidad que pese a haber tenido un partido regionalista (o nacionalista) no ha conseguido hacer valer sus demandas frente a otras como Cataluña y País Vasco. Como dice Pepe García, el andalucismo de la democracia murió asesinado por sus propios creadores. Tras eso, parece ser que los andaluces no tienen ninguna forma de evitar el tópico, ni salir al paso de las diferentes acusaciones que padecen. Y ciertamente esta situación de indefensión tan sólo es una mentira.

El andaluz puede sentirse orgulloso en gran parte gracias a su herencia histórico-cultural. Para empezar, el mundo de Tartessos y las ciudades de Malaca, Sexi y Abdera fueron unos de los primeros centros urbanos del Mediterráneo antiguo. Si avanzamos un poco más, también fue una de las zonas que más permeable fue a la romanización, llegando a rebelarse contra los dominadores visigodos una vez había caído el Imperio. Al-Andalus albergó una de las tradiciones humanistas de la cultura islámica y tras la expulsión de los musulmanes, fue ocupada por valientes colonos -gran parte de ellos castellano-leoneses- que decidieron vivir en esta tierra.

A lo largo de la Edad Moderna, Andalucía albergó los puertos hacia las Américas -Sevilla y Cádiz-, sufrió los efectos de la piratería turca y magrebí y aportó recursos humanos a las sucesivas campañas militares por la gloria de los monarcas españoles. Finalmente, en la época decimonónica se eliminó su industria, ya que desde la perspectiva de las élites del Gobierno central, nuestra tierra era para trabajar el campo y que la industria y los bancos eran para los norteños y los vascos. Después de dos siglos, seguimos siendo fieles a la capitalidad de Madrid y siendo la comunidad autónoma más poblada. Esos somos los andaluces frente a los argumentos secesionistas de otras comunidades que son las mismas que nos critican.

La otra capitalidad cultural

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La ciudad de Córdoba ha sido hasta hace unos meses la competidora andaluza con Málaga por la Capitalidad Cultural de 2016. Lo cierto es que, la vida intelectual y cultural de Málaga tenía sendas barreras para arrebatar a la antigua capital de Al-Andalus su paso a candidatura. De hecho, la urbe malacitana se quedó en la entrada para llegar a ser candidata, algo que los cordobeses y cordobesas no han tenido tan difícil.

La cuestión está en que además de esta barrera, existía una segunda. Las malas artes con las cuales el PSOE de Andalucía ha jugado con un proyecto, que más que político, es ante todo ciudadano y cultural. Para ello, desde el primer momento apoyó la capitalidad cordobesa antes que la de Málaga por ser un feudo popular. A la par que, los lacayos socialistas de Málaga brindaron su colaboración tardía a la iniciativa municipal a la espera de que fuese eliminada, sin dejar de ser “defensores de su ciudad” ante sus conciudadanos.

Una vez la marea pasó y la capitalidad malagueña fue devorada por la política partidista del PSOE y el incivismo, los cuervos dieron paso a su festín. Así, estos pajarracos ataviados bajo apariencia intelectual e hipotéticas instituciones ciudadanas se dedican ahora a criticar desde sus asambleas la “incultura malagueña”. ¿Falta de cultura? Se engañan quiénes dicen que en Málaga no hay cultura, puesto que no son escasos los intelectuales que a diario trabajan de forma anónima a favor de la ciudad.

El problema es que realmente no existen valores de amor a una ciudad, porque por encima de ellos, está la disciplina del partido. Pero, sería demasiado pedirle a estos individuos que se conviertan en intelectuales. Cuando en realidad, sólo son políticos que han leído alguna obra que les recordó a un viejo aire rojo cercano al anagrama que reza en su sede.