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Televisión Española 2.0

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Una vez asentado el Gobierno de turno, y pasado los 100 días de reserva que todo ejecutivo merece, se ha procedido a la actualización adecuada del software. Limpiada la vieja guardia zapateriana de los informativos y la programación de Televisión Española se ha abierto un período de reflexión. Profunda meditación que ha llevado a contratar a dos estrellas, no del periodismo, quizá de las amistades personales del buró popular como Carmen Lomana y Edurne Uriarte, mujer del Ministro Wert.

Los nuevos reclutas tienen mucho que aportar. Lomana, y algunos dirán que los peperos las prefieren rubias, será la encargada de un programa de cultura. Palabra hermética sobre la cual no sabemos si se esconden toros y flamenco o las últimas tendencias de la moda de los famosos más casposos. En esta nuestra televisión patria todo cabe, si fue posible un Urdaci reconvertido en monologuista, también es probable que Carmen Lomana se convierta en una letrada e ilustre intelectual de los madriles.

Siguiendo, para mayor calidad democrática, no hay nada mejor que la amante de un ministro que se dedica a valorar la gestión de su compañero. Ese requisito que enunciaba Dahl de unos medios plurales capaces de controlar a la clase política, ese “perro guardián” del clásico periodístico, ha sido pisoteado. Más bien travestido en una suerte de perro yorkshire lameculos que igual hace de compañera de cama que de poetisa a la épica política.

Y ahora, ¿dónde está la autorregulación de la televisión española? Es el momento en el que falta un consejo de sabios. Un auténtico comité que sepa poner las cosas en su sitio y atar los cabos sueltos que tanto gustan desatar a los sabuesos rabiosos del PP que han entrado en el ejecutivo para hacer de las suyas le pese a quién le pese. Ya sea el periodismo o el Estado del Bienestar todos son adecuados para ir pasando poco a poco el silencioso cuchillo de la guardia pretoniana.

La marcha de Oliart

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Un hombre íntegro y con un pasado honesto. Perteneciente al una extinta formación de centro-democrático. Ésta era la carta de presentación de Albert Oliart. Hombre de consenso entre los partidos políticos mayoritarios para encargarle la dirección de Radiotelevisión Española. Y ayer, en un único día caía por los suelos la imagen de confianza en este político de la transición al descubrirse que había intervenido activamente en la concesión de un contrato de Televisión Española a la productora de su hijo.

Culparlo de favoritismo, o de corrupto, sería poner un lunar en una mancha más grande. Una punta de iceberg ante unas puertas draconianas. Detrás de las críticas a su figura lo que se esconden son los vicios que sufre la televisión pública. Y es que, son los mismos que el ha denunciado como la falta de pluralismo, la escasa representatividad y la parcialidad que también acompañaron al mismo ente audiovisual en los últimos años del gobierno popular.

Parece que la televisión que se presume española. Al final, acaba siendo de unos pocos, y no de todos. De nada sirven esos consejos audiovisuales que los parlamentos autonómicos nos venden como control a los medios, cuando nadie controla a los diputados. ¿Cuántos ciudadanos se sienten tenidos en cuenta en los servicios informativos y la programación de TVE? Hacer esta pregunta sería inversamente proporcional a la afirmación de los ciudadanos que están satisfechos con la gestión de la crisis económica. Está demostrado que el escaso pluralismo de Urdaci permanece como fantasma entre las cámaras, aunque con colores políticos distintos.