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El inicio de la caída

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El escándalo Snowden está dando para hablar de muchas cuestiones. Por un lado, el latente dilema entre libertad y seguridad. Un dilema donde Estados Unidos entiende que la libertad sólo es posible a través de una seguridad extrema con capacidad de llegar hasta el último rincón de la privacidad de los particulares. Por otro lado, también se comenta el papel ambiguo de Rusia en esta confrontación debido a su apoyo a la huida del ex miembro de la inteligencia norteamericana. Lo que se suma a su apoyo al gobierno oficial de Siria en una guerra que está siendo instigada por los países occidentales.

Estos días se ha observado como Estados Unidos ha amenazado a Ecuador por su objetivo de acoger a Snowden. Al respecto, plantean la posibilidad de retirar los acuerdos arancelarios que disfruta este país de América Latina. A lo que, el gobierno ecuatoriano ha respondido que pueden ofrecerles millones de dólares para invertir en educación en materia de derechos humanos a la primera potencia. Este mensaje ha sentado como un jarrón de agua fría a Obama. Estados Unidos que durante décadas había pastado –de la mano de la Escuela de las Américas- por el continente sur como si fuese su casa, apoyando golpes de Estado, eliminando gobiernos no proclives a sus intereses y colocando dictaduras de naipes. América Latina ya no es un cordero débil al que pueden decidir si sacrificar o guiar.

Este hecho es una evidencia de que la primera potencia está en el comienzo de su caída. Nuevos países, algunos no-democráticos, otros no necesariamente capitalistas y muchos de ellos antes en vías de desarrollo se están convirtiendo en los nuevos competidores económicos y militares. China, Rusia, Brasil, los “tigres asiáticos”, Venezuela y otros están acrecentando su poder. Lo que puede plantear la hipótesis de que quedarán no muchas décadas para que América del Norte deje de ser la panacea económica, y también de las libertades individuales.

Saluda, te estamos leyendo

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privacidadEn estos días, se han hecho públicos datos bastante escalofriantes sobre el respeto de la intimidad de las llamadas “democracias occidentales”. A partir del caso Snowden, se han hecho públicos los miles de datos que grandes corporaciones han suministrado al gobierno estadounidense para espiar a sus ciudadanos (y a los de otros países). Así, como el espionaje de Reino Unido hacia los enviados del G-20. Un país en cuya capital, decenas de cámaras garantizan la seguridad de sus ciudadanos.

El clásico debate sobre seguridad y libertad vuelve a salir al aire. Está claro de que lado de la balanza pende el hilo. Entonces si bien, llegamos al punto de qué la palabra democracia debe empezar a ser sustituida por otra. Una democracia no persigue a sus ciudadanos para garantizar su seguridad, máxime cuando con tanta información en sus manos se producen fallos entre las agencias como la CIA y el FBI, permitiendo atentados como los del 11-S o la reciente maratón de Boston. Por tanto, puede aventurarse que el principal objetivo de esta política de inteligencia y flagrante violación de la individualidad no es la protección del individuo.

Probablemente, estamos ante futuros proyectos, si no lo son ya, de distopías con sus propios mitos como “el hombre hecho a sí mismo” o “la protección del ciudadano”. Mientras tanto, otros Estados que no tienen la calidad democrática de “pata negra” van acogiendo a los detractores de estas estratagemas como América Latina con Julian Assange. Lo cual señala a los futuros países protagonistas en el desarrollo de las políticas de seguridad internacional.