Dialógica y democráticamente

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Hablar. Sin discutir. Ésta es una de las grandes ventajas de la democracia. Si bien, no depende en exclusiva de las normas, la posibilidad de entablar una conversación respetuosa y lógica con otra persona donde sea posible sopesar los distintos puntos de vista de la realidad. Ya que, si algo se intenta garantizar con un sistema democrático es que las distintas visiones de la ciudad puedan convivir sin que ninguna dañe a la otra y tomando lo mejor de cada una de ellas.

Hace unos días, un servidor tuvo el placer de compartir una distendida tarde con una de nuestras compañeras de columna, Lola Gallego. Sobre lo divino y lo profano de la política, se pudo debatir bastante y sopesar distintas perspectivas. Éste probablemente sea uno de los ejemplos de lo que se ha hablado anteriormente. Desafortunadamente, personas con esta capacidad de miras y enfoques, haberlas pocas haylas y sería a bien tenerlas.

Independientemente de criterios de política partidista. De si se es de izquierdas o derechas, de si individualista o colectivista, u otras dicotomías plausible e ignorables en cuanto se trata de acceder al debate público. Es deseable como dice Descartes que nos liberemos de los prejuicios. Prejuicios que pueden llevar en muchas ocasiones al fanatismo y a los monstruos más oscuros que se oponen a las normas de lo que definimos como democracia.

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