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Iconoclastas del Cambio

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Todos los caminos conducen a Roma, dice el proverbio popular. Y es que, la sabiduría popular, bastante generalizadora de por sí, no suele equivocarse. Desde Bizancio hasta el mundo islámico, se ha prescrito el culto a las imágenes como un crimen contra la divinidad y que además no debiera ser representada en un tosco soporte material. Madera y piedra aunque han sido creadas por Él que es grande, no deben ser su residencia. Esta parafernalia religiosa sirve como metáfora para comprender el riesgo de los iconocastas.

El mundo de George R. Martín muestra claramente este dilema sobre la esperanza de los hombres y su trascendencia hacia una imagen representada. El Dios Ahogado de las Islas del Hierro, el Señor de Luz entre los seguidores del fuego, la Doncella Doliente en Lys, la Cabra Negra en Qohor y el Dios Sin Nombre en la Fe de los Siete. Todas estas divinidades aluden a una única divinidad y a un único sentimiento: el Dios de Muchos Rostros y el temor de los hombres al final de su vida en el mundo terrenal. Pues más tarde o más temprano, tanto los pudientes como los humildes deberán visitarle.

Una tradición iconoclasta permanece también en nuestra cultura política. Hace más de una década que Javier Arenas, entonces líder de la oposición en el Parlamento de Andalucía, se apropió en su lema político de la palabra “cambio”. Un estallido de rebeldía contra un PSOE que acumulaba tres décadas al frente del ejecutivo de la Comunidad Autónoma. Contradictoriamente, mientras distintos líderes del PSOE habían sido consecutivamente candidatos y Presidentes de Andalucía, Arenas seguía ahí al frente del “cambio” hasta la llegada de Manuel Moreno Bonilla. En total más de do décadas.

“Cambio” pronuncia el líder de Podemos cuando clama ante sus votantes. “Cambio” que es uno y “recambio” que son otros. Recambios que hablaban de “vieja y nueva política”. El cambio de un gobierno de populares por uno de socialistas. Y el “cambio” que ha traído la gestión del Partido Popular, según Mariano Rajoy. En definitiva, los distintos partidos políticos adoran las distintas máscaras bajo las cuales se revista una única palabra “el cambio”. El cambio son todos los cambios y a la vez ninguno, ya que detrás del cambio se oculta lo que hemos visto al final del camino, la inamovilidad del status quo político. Y eso precisamente, es la única divinidad a la que ellos adoran.

¿Estrategia en Juego de Tronos?

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caminante blancoCuando Pablo Iglesias fundó Podemos para las elecciones europeas, se atrevió a publicar su conocido libro Ganar o morir, lecciones políticas en Juego de Tronos. Por aquel entonces, había empezado a acudir a distintos tabernáculos televisivos para hacer de comentarista. Y es que, entre sus distintas apariciones cabe destacar aquellas en las que venía a promulgar las “bondades politológicas” de esta popular saga de la fantasía medieval. Según la tesis sostenida por el profesor de la Complutense, la “realpolitik” o el “realismo político” se encuentra dentro de la visión del poder que subyace en Juego de Tronos y se pueden extraer lecciones aplicables a la realidad política del presente. En favor de dicho argumento, Juego de Tronos ha sido bautizado dentro del género de la fantasía moderna como “realismo fantástico” principalmente por la escasa presencia de elementos mágicos y la descripción psicológica, social y cultural que se plantea del ser humano.

Ahora bien, concebir que la concepción de la política existente en Juego de Tronos es una visión estratégica y que dicha estrategia se puede trasladar a la realidad son palabras mayores. A primera vista, el reino existente se muestra como la tradicional poliarquía medieval en la que a raíz de una disputa nobiliaria comienza una guerra entre el feudo del Norte -Invernalia- y el resto de reinos favorables a los Lannister. En medio de todo este meollo, tenemos: Robb Stark, un señor que incumple su promesa matrimonial sobre la que descansa una alianza militar; los saqueadores de los Greyjoy que aprovechan para conquistar de mala manera cuatro aldeas; Stannis, un líder falto de carisma que aspira a ser el futuro monarca confiando en los consejos de una sacerdotisa extranjera; Cersei Lannister, una reina madre cuyo único objetivo es mantenerse en el poder con su linaje; y Joffrey Baratheon, un renacuajo sádico y tiránico que cree que el poder consiste en crear el odio entre sus ciudadanos. Y mientras los reinos se rompen, una marea sólida y unida de muertos vivientes acecha en el Norte, deseando someterlo todo a su paso. ¿Qué más da el honor de los Lannister, Baratheon o Stark cuando sus tierras pueden ser reducidas a un erial?

A la luz de este panorama, lo que se observa es una concepción del “hard power” llevado hasta límites politológicamente insanos. Las guerras del Juego de Tronos son claramente la manifestación de un estado de anarquía hobbesiano y de las poliarquías feudales previas a la consolidación del Estado moderno. De esta forma, es difícil hablar de una estrategia claramente definida que siga cuanto menos alguna lógica, con las excepcion de Tywin Lannister, Tyrion Lannister y Petyr Baelish. En ambos, se observa cierto equilibrio entre el uso del “poder duro” -guerra, violencia y coacción- y el “poder blando” -alianzas, discurso, cooperación y buen gobierno-, que es el equilibrio que cualquier líder debe mantener como sostiene Jospeh Nye o argumentaba Maquiavelo en el pasado. El príncipe no debe ser amado u odiado, debe ser temido de forma que no genere ni animadversión ni una confianza extrema.

Por lo que, la tesis que defiende Iglesias en su obra es un auténtico despropósito. No existe ninguna estrategia sabia entre los distintos personajes de la novela. Y es que, no se debe olvidar que George R.R. Martín es un escritor y guionista, pero no es un experto en Ciencias Sociales. Y si por otro lado, Iglesias considera que el realismo político existente en esta obra es la verdadera y auténtica visión de la política, se puede llegar a la conclusión de que es un seguidor no ya de la “realpolitik” o del “maquiavelismo” -recordando que para Maquiavelo, no todo vale-, sino de una concepción maníquea del poder.

En definitiva, la intención de Iglesias era captar parte de ese electorado joven y de izquierdas no adscrito a ninguna fuerza partidista. Un sector de la sociedad que en esos momentos era -y es- activo en las redes sociales, pero que seguía esta saga. Una vez se había captado ese público, sólo faltaba inocular dos ideas. La primera que en la política todo vale, sin que existan límites a tu acción de ningún tipo, máxime si hablamos del líder. La segunda que los peones del juego de ajedrez se mueven en una dimensión maníquea del bien y del mal, de los seguidores de la oscuridad o los seguidores de la luz. Ahí está la lección -el adoctrinamiento- final.

¿Qué aporta la fantasía a la política?

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juego de tronos pekLa presente columna puede que sea un giro, tanto en el tono como en el enfoque, del arribafirmante. Se cumplirán en breve nueve años desde que empezó a publicar sus primeras columnas en Diariolatorre, ahora El Faro de Málaga y a variar y desvariar sobre política: la vieja y la nueva. A la luz de esta diferenciación simplemente categórica, pero no práctica, es posible que cualquier texto sobre lo que suceda o sucederá en las elecciones de junio sea un continuum de una realidad que ya conocemos. Hipotéticamente exista un alto grado de esperanza en que nada nuevo depara la política española.

Desde hace tiempo, ha barajado la posibilidad de bucear en otros campos como el de la Literatura. Es cierto, que hay meritorios y reconocidos literatos entre las columnas que acompañan a la presente, pero no es afición ni devoción el oficio de escribente. Quizá sí de escribano y comentarista, porque una parte importante del politólogo es ser interpretador y valorador de la realidad. Al menos, la idea original es abordar las conexiones teóricas, filosóficas y por extraño que parezca, eminentemente prácticas que se establecen entre la fantasía moderna y la realidad política, económica y social del ser humano en el presente.

Hace dos años, el ambiente intelectual de España ha comenzado a establecer estas relaciones entre lo que se podría llamar el “mundo freak” y la realidad política. Un antecedente, aunque cuestionable por el contenido, fue la obra Ganar o Morir: lecciones políticas de Juego de Tronos escrito por Pablo Iglesias. Si bien, han existido dos iniciativas más plausibles, en mi humilde opinión, en esta línea. Cámara Cívica, una aventura liderada por Manuel Jesús Rodríguez, Francisco Javier Álvarez y Pedro Nicolás Martínez, en la que de forma pedagógica y a través de distintas plataformas (blog, programa de radio, etc.) se transmiten estas conexiones entre el poder y la cultura friki. Una segunda, estaría representada por el ensayo Filosofía de Hielo y Fuego: las claves para comprender Juego de Tronos de Bernat Roca, Francesc Vilaprinyó y David Canto, con un carácter más centrado en el pensamiento filosófico.

En esta línea, es donde el arribafirmante pretende inaugurar una nueva línea de columnas donde se hablará, y no sólo de Juego de Tronos o Star Wars, sobre qué nos aporta la fantasía moderna y la ciencia ficción con respecto a las reflexiones de nuestro mundo. Ya que durante la década de los ochenta y los noventa, se postergó, marginó e incluso se penalizó el valor de estas obras en relación a la actualidad. Es ahora el momento, de la generación que hemos crecido con esta corriente literaria que aportemos lo que sus autores, sus obras y sus argumentos pueden transmitir a la coyuntura crítica del presente.

JDT politizado y filosofeado

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La fascinante saga de ‘Juego de Tronos’, escrita por George R. R. Martín y llevada a la pantalla de la mano de HBO, es una de las grandes obras narrativas y dramáticas de nuestra época. Sus tragedias políticas conectan adecuadamente con la sensibilidad de la sociedad actual donde la convulsión y la incertidumbre están a la orden del día. No hay cuestión política, social o económica que no sea tratada a lo largo de las páginas de los habitantes de Poniente. A raíz de esta profundidad de su contenido, han surgido distintas obras en lengua castellana que permiten obtener reflexiones sobre sus enseñanzas. Si bien, ante esta cascada editorial hay que hacer alguna criba que permita distinguir lo sano de lo perjudicial, lo recomendable de lo infumable. Al respecto, hay dos ensayos que permiten ilustrar esta diferencia: de un lado, la conocida ‘Filosofía de Hielo y Fuego’ (Ediciones Invisibles) de Villaprinyò, Roca y Canto; de otro lado, una monografía colectiva de Akal y editada por Pablo Iglesias.

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La primera obra es un compendio de un trabajo de años realizado desde el blog ‘Juego de Tronos y la Filosofía’. En esta bitácora, se han puesto en relación los distintos personajes del bardo de New Jersey con filósofos y corrientes de pensamiento. Por su parte, intelectuales como Freud, Maquiavelo, Nietzsche, Jung, Platón y otros permiten diseccionar los elementos característicos de Tywin, Daenerys, Tyrion, Cersei, Jon Nieve y Petyr Baelish. A la luz de las velas de un mundo medieval, Roca, Vilaprinyò y Canto hablan de los gobernantes, del feminismo, del buen salvaje, del moralismo kantiano y del hombre fáustico. Y es que, los tres jóvenes aúnan su trabajo y su conocimiento como profesores y críticos literarios y su afición por los juegos de rol y la literatura. Por lo que, con estas capacidades consiguen elevar a filosofía una de las más ricas piezas literarias de la fantasía moderna. Si bien, sin llegar a adoctrinar, sino a aconsejar la lectura de filósofos clásicos como instrumento de análisis.

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De otro lado, tenemos una obra colectiva coordinada por Iglesias y en la que participa el “establishment” de Podemos. La obra ‘Juego de Tronos: Ganar o Morir’ (Akal) que bien podría ser un ensayo más enfocado hacia la Filosofía Política, se convierte en un auténtico manifiesto ideológico y estratégico para las bases politizadas de los indignados. Apenas ojean el índice del libro se descubre como los capítulos han sido escritos de forma apresurada con el objetivo de captar neófitos a partir del éxito de la saga. Por lo que, este ensayo que podría haber profundizado en los debates morales y políticos de Poniente, ocupa un lugar más adecuado entre obras como las memorias de Aznar, Zapatero y Pujol.

En ese sentido, es detestable que la “cultura geek” o “friki” sea aprovechada como un gancho propagandístico y llevada hasta el fango de la arena partidista. Las esferas (cultura/política) deben estar separadas porque ser friki o ser hipster no es algo que tenga que estar relacionado con la intención de voto o el color político. Y si Pablo Iglesias, Monedero, Errejón (que por cierto se parece a Nobita de Doraemon) y Bescansa se consideran frikis, pueden abandonar la tribu porque han traicionado moralmente al grupo. Un buen friki sabe mantener la compostura y dejar a un lado sus ideas cuando está con sus iguales. Mientras tanto, recomiendo la lectura de la bazofia de Iglesias para cuando no encuentren papel higiénico en el baño. Al menos, protejan el medio ambiente.