La doctora eslovaca

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13908847_10209063049307703_6738494694536566524_oLa presente columna más bien es un homenaje a una profesional anónima -cuyo exótico nombre aparece en un informe médico- que salvó la vida al arribafirmante. Este verano, tuve el placer de realizar un breve viaje por Europa Central, recalando una jornada en Bratislava, capital de Eslovaquia. Durante toda una mañana pude disfrutar de la Puerta de San Miguel, el Castillo de la ciudad, la Iglesia de Santa Isabel -más conocida como la “iglesia azul”- y las estatuas de Cumil, entre otras obras que se pueden apreciar en esta villa. Me encantó también contemplar las calles de esta ciudad que, no hace más de treinta años, era una república socialista dentro de la órbita del mundo soviético. Las fornidas estatuas de obreros y las viviendas de protección social daban testimonio fehaciente. Y por un instante, pude viajar al pasado reciente para respirar el aire de un país que hasta no hace mucho estaba integrado en lo que algunos hemos conocido como Checoeslovaquia.

Este éxtasis pseudo-comunista o pseudo-histórico, y recalco “pseudo” porque las izquierdas poco las ando, terminó en torno a mediodía. Unos sudores fríos, un mareo profundo y el abotargamiento de mi piel parecieron por un momento señalar lo que podría -cierto es que puede que exagere, pero en aquel momento lo llegué a pensar- ser el fin de mis días. Después de una infructuosa visita a la farmacia de turno y un empeoramiento de mi estado que por motivos escatológicos no explicaré, decidí acudir al ambulatorio. Verán, el arribafirmante habla inglés, italiano y chapurrea el francés, pero esto de enfrentarse al eslavo son palabras mayores. Y así, entre un estado físico deplorable y mis ansias políglotas, comencé a hablar una extraña mezcla entre inglés y algo que mi mente considero, ¿eslavo? “Ja som Francisco”. No tardaron mucho los de recepción en tomar mis datos y pasarme a la consulta del médico de atención primaria.

En dicha consulta, me hicieron más de lo que a veces un paciente puede esperar de su médico de cabecera. Una doctora y su ayudante -o quizás dos doctoras- me hicieron un análisis electroscópico, me inyectaron las cortisomas oportunas y no conformes, me dieron varias pastillas más hasta que lo que parecía ser una urticaria aguda empezó a remitir. Para evitar posibles riesgos, elaboraron un análisis rápido y me enviaron para el hospital central de la ciudad donde -tras proceder gustosamente con el copago de una cifra testimonial- volvieron a revisarme y medicarme, elaborando un segundo informe y comprobando que mi estado remitía. Desafortunadamente, no pude ver todo lo que quise de Bratislava, pero gracias a la decidida y voluntariosa acción de sus médicos podré volver otro día.

Después de este episodio, he podido meditar. No es el copago ni las críticas de turno sobre unos azulejos que se caen en algún hospital andaluz son los criterios más oportunos para valorar el servicio de salud de un Estado del Bienestar. Es principalmente la voluntariedad y el compromiso de los profesionales sanitarios lo que determina la calidad de un servicio médico como pude comprobar de primera mano, entre mi inglés y un eslovaco muy ibérico agudizado con lenguaje de signos. Gracias a las doctoras eslovacas.

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